Por tierras de Huelva. 1

Parque de Doñana en HuelvaValeriano Pérez

Una vez más, me veo en la necesidad de poner “negro sobre blanco” todas las vicisitudes y anécdotas de un nuevo y fructífero viaje hecho con el Imserso correspondiente a la campaña del 2010/2011 en la que, por causas ajenas a mi voluntad haré, por lo que se ve, un único viaje.

Pero no importa pues, como se suele decir, las cosas buenas si son breves o escasas, son doblemente buenas y mucho más apreciadas.

En esta ocasión el incombustible amigo Julio y yo nos moveremos por la provincia de Huelva, la antigua Onuba fenicia y la más tarde musulmana Welba o Gaelbah (güerba en la pronunciación local) con cuya cultura árabe llegó a alcanzar la categoría de Reino de Taifa. La capital se localiza en la denominada “tierra llana” en la confluencia de los ríos Tinto y Odiel. Tiene 150.000 habitantes y 240.000 en su área metropolitana. En esa misma confluencia, en Punta del Sebo, está el monumento a la Fe descubridora, de claras connotaciones colombinas.

A la  memoria también de Colón se inauguró, el 20 de enero de 2011, una estatua en la Plaza de las Monjas, emblemático lugar urbano que en el siglo XVIII fuera escenario de toros, comedias y espectáculos de moros y cristianos. Y ya sin más preámbulos, paso a relatar el viaje en sí que, como hago siempre, separo por fechas para que no resulte en exceso farragoso.

Viernes, 25 de febrero de 2011. Sin necesidad de madrugar (incluso hice mi paseo diario gozando al tiempo de la frescal brisa marina) a las 10.20 este “dinámico dúo” abordó la guagua de Titsa y tras el oportuno trasbordo eran las 11.50 cuando estábamos en el aeropuerto de Los Rodeos facturando un exiguo equipaje: una “muda” completa diaria. Como en el viaje a Nerja de Octubre del 2009, nos saluda la guapa hija de mi prima Pilina que atiende el mostrador de Air Europa contiguo y que recomienda a su compañera que nos proporcione cómodos asientos.

Pasamos el consabido “tercer grado” del control de entrada (la punta del cordón de mis zapatos acaba en metal y suena; tan flagrante delito conlleva pasar descalzo) y damos fe de cómo la seguridad aérea atraca,  no solo el derecho de las personas y a propia su dignidad, sino que en  ocasiones, roza la estupidez y ofende la inteligencia más elemental. Mientras esperamos la llamada de embarque saludamos con afecto a dos buenos amigos, Octavio y Juan, quienes además de compartir nuestra afición al senderismo, comparten también la ingrata circunstancia de que a sus respectivas esposas no les guste viajar, por lo que han de formar necesariamente, igual que mi amigo y yo, una pareja de hecho.

De todas formas viajar en estas circunstancias tiene su lado positivo por cuanto se puede ser más atrevido en los paseos nocturnos y en las  excursiones propias; tomar algunas “copichuelas”; mirar de frente, sin disimulo (siempre con honestidad) a algunas mujeres y ver en la tele los partidos de fútbol u otras competiciones de escaso interés femenino. Con nuestra habitual “pachorra” entramos en el Boeing 737 en el que, cosa rara, nos dan periódicos y como quedan asientos libres viajamos cómodos y me dispongo a disfrutar del vuelo pues me he traído el libro que estoy leyendo “El Mozárabe” de Sánchez Adalid de amena lectura que consigue que las dos horas y pico del trayecto pasen “volando”. Algunos párrafos no me resisto a reflejar aquí y que firmaría cualquier senderista como “Nunca se harta el ojo de mirar, ni el oído de oír cosas nuevas” o para el que tenga inquietudes religiosas “El único Dios posee muchos nombres”. O cuando afirma que “Dios es el ser más simple, difícil de conocer por nosotros los humanos que somos muy complejos”.

El comandante del aparato, en un gesto también inusual -pero menos- nos saluda y tras desearnos un viaje placentero nos da algunos detalles del vuelo como el que iremos en dirección a la localidad portuguesa de Faro, a 38.000 pies de altura (unos 15.000 metros) y a 850 km por hora. Salimos a las 13 horas y el vuelo fue grato en líneas generales, sobre todo por el tremendo bocata que me preparó mi costilla, y eran las 16.00 -hora ‘goda’ o de los ‘casi isleños’ (pen/insulares)- cuando llegábamos al aeropuerto sevillano de San Pablo (me daría mala espina si se llamase de San Pedro por aquello que se dice de que guarda la puerta del cielo).

 

 

 

 

Valeriano Pérez

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