Poder Vs Ética

Carlos Castañosa

Decepción, impotencia, frustración, pena, indignación, rabia, aversión, desespero, depresión, temor, rebeldía, repugnancia, desolación, desprecio… Cada ciudadano de esta tierra siente hoy varios, y todos o alguno de los sentimientos negativos inspirados por una práctica informativa deplorable.

Ha bastado el levantamiento del secreto de un sumario para posicionar a cada medio en su justa dimensión. Algunas publicaciones de aquí están conculcando un derecho constitucional de la población, cual es el de recibir información veraz. La prueba del fuego en la mano no la superan periódicos que, so pretexto de la supervivencia laboral, se prostituyen sin recato. El procedimiento es simple: Un individuo corrupto, político o no, forrado de pasta por medios delictivos, con vocación de proxeneta, carente de los más elementales principios morales, puede recibir el sutil reproche de una dama que rebosa deontología basada en la divulgación de la verdad. “Ven para acá, guapita… – el chulo profesional adopta su papel – que te voy a contar un cuento”. Primero la amenaza “Esa carita corre peligro. Y tu familia también…”. Y luego, para terminar de doblegarla, la compra “Para que veas que soy buena persona, a partir de ahora trabajarás para mí. Contarás las verdades que yo te dicte y callarás lo que yo te ordene. Te pagaré según te portes”.

Difícil sustraerse a esta presión. Solo algunos avezados, en tiempos nada propicios a la heroicidad, son capaces de plantar cara, pero lo suelen pagar al elevado precio de la marginación profesional.

Si se asocian en grupo, los proxenetas se constituyen en poder absoluto, porque cada uno asume la función específica de su especialidad delictiva dentro del entramado desde el que pretenden comprarlo todo, con preferencia instituciones y medios de comunicación. Algunas víctimas les venden su carne vocacional voluntariamente, porque ya nacieron con esa predisposición genética (vía materna). Otros, menesterosos y pobres de espíritu, dicen no tener más remedio que “tragar”, con la justificación de supuestas necesidades elementales. Es cuando renuncian a su dignidad tras la mampara de la publicidad institucional y/o privada como precaria fuente de ingresos, con el argumento de sobrevivir; y ahí escondidos, asumen una línea editorial denigrante que les enrosca la cláusula de conciencia (L.O. 2/1997, de 19 de junio) como pergamino sin lubricar, apto para ser asimilado por vía anal.

Doloroso y traumático debe ser para el periodista vocacional ver desde fuera cómo diarios locales, de gran tirada o de solera avalada por la antigüedad, se desvían de la conducta ética que debe prevalecer en una profesión cuyos principios morales contemplan virtudes por ellos mancilladas. Unos, con el silencio cómplice impuesto por el amo. Otros, por dar cobijo en columnas y opiniones groseras y falaces a algunos imputados, con intención de camuflar verdades propias miserias proyectando hacia los demás las los malos vientos que soplan. O tratando de maquillar la indecencia de dejarse sobornar por mentir.

Ambas actitudes tienen un denominador común: Actúan como si considerasen al lector un ente pasivo, sin criterio ni capacidad de análisis. Como quiera que el menosprecio lleve aparejadas torpeza e ignorancia, el efecto pretendido será el contrario para la inteligencia racional y colectiva que no se resigna al engaño.

Siempre habrá en todos los grupos profesionales elementos perniciosos que desprestigien a la totalidad. A pesar de ellos, el Periodismo seguirá siendo una profesión de alto rango en el plano ético, donde la voluntad y pasión por informar y formar al lector encuentran acomodo y sentido de la dignidad.

Una sociedad maltratada por unos pocos chaperos a sueldo, debe defenderse a sí misma prodigando respeto y protección a la gran mayoría de periodistas dignos y honrados que, al día de hoy, se debaten entre expandiendo efluvios pestilentes y miasmas de corrupción.

Bravo por aquellos que anteponen su vocación a los intereses que se ofrecen como calderilla por el suelo. Los ciudadanos nos sentiremos siempre orgullosos de ellos.

http://elrincondelbonzo.blogspot.com/

 


Carlos Castañosa

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