Pociones y conjuros, el dopaje en la Antigüedad

Deporte en la Antigua GreciaAparte de extender la idea de que el deporte favorecía no sólo a la perfección del cuerpo sino a la elevación del espíritu humano, también muchos deportistas de la Grecia clásica sucumbieron a las supuestas propiedades mágicas de ciertas sustancias para potenciar sus cualidades y alcanzar más fácilmente sus metas.

La “Sangre de Hefesto”, el “Hueso de Ibis” o el “Semen de Hércules” eran algunas de las sustancias utilizadas también de forma ilegal por los atletas de la Antigüedad que necesitaban alcanzar la excelencia deportiva para saborear el orgullo que suponía creerse un auténtico semidiós. En este sentido, algunos de estos deportistas de hace varios milenios en poco se diferenciaban de aquellos que en la actualidad recurren a este tipo de sustancias –menos místicas y más químicas, pero igualmente mágicas– para obtener la victoria.

Claro que por entonces se recurría a pócimas, conjuros y amuletos que hoy en día pasarían inadvertidos en cualquier control de dopaje, pero tal era el poder sobre la mente de quienes las utilizaban que verdaderamente llegaban a creer en el poder de aquellas prácticas. Llegaron a existir verdaderas “redes de dopaje” integradas por hechiceros y prostitutas que viajaban siguiendo a los atletas por los centenares de eventos deportivos que recorrían el Mediterráneo. Y es que la actividad deportiva formaba parte de la cultura griega y tenía sus propias estrellas de igual manera que ahora, con la salvedad de que por entonces ser un atleta de éxito representaba, además de una vida libre de problemas económicos, un ideal de rectitud moral que en muchas ocasiones servía de punto de partida de una brillante carrera política.

Pero la ambición y el ansia de poder –y más si tienes opción de que te traten como a un semidiós- han sido cualidades unidas al hombre desde tiempos remotos, así que los griegos también sucumbieron al dopaje como instrumento para potenciar de manera rápida y eficaz sus cualidades como deportistas.

Dentro de las prácticas a las que se sometían se pueden diferenciar dos tipos. Por un lado, la ingesta de productos –pócimas y brebajes- con supuestas propiedades para aumentar la fortaleza y la resistencia, que en la mayoría de los casos tenían nombres misteriosos únicamente para ocultar cuál era el contenido del compuesto. Por ejemplo, la hoja de mostaza exprimida recibía el nombre de “Semen de Hércules”; el espino era el “Hueso de Ibis” y el ajenjo era la “Sangre de Hefesto”. Es probable que la mezcla de algunas de estas sustancias tuviera algunas propiedades revitalizantes, pero en ningún momento equiparables a las actuales, salvo por la prohibición de que los deportistas las consumieran.

Por otra parte estaban los amuletos y los conjuros, también controlados por la organización de los eventos deportivos. La pata de lagarto, por ejemplo –y en general la de cualquier reptil- hacía que los corredores tuvieran mayor flexibilidad y una zancada más amplia que sin duda los conduciría antes a la victoria. Y en cuanto a los conjuros, había un amplio repertorio de rituales invocando a los dioses –a veces con sacrificios animales- para que les aseguraran un puesto en el podio.

Los controles de la época eran tan particulares como las propias técnicas de dopaje. Antes de iniciarse la competición, los atletas se sometían un juramento frente a la estatua de Zeus en el que aseguraban no haber recurrido a procedimientos ilícitos para procurarse el triunfo, e incluso en muchas ocasiones se les obligaba a convivir durante el mes previo a la competición para estar más vigilados.

El mundo del deporte ha cambiado mucho desde entonces y, aunque se ha tratado de mantener la excelencia atlética como un valor positivo, también ha dejado al descubierto que la tentación del poder, fama y reconocimiento corrompe el espíritu humano, por muy loables que sean los objetivos a perseguir.

 

 

 

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