Planet 51, made in Spain

Cartel Planet 51Eduardo Galeano hablaba en uno de sus libros de cómo nos enfrentamos a la realidad cuando decimos cosas del tipo “qué bonitas esas flores, parecen de plástico”. Quizás nuestra búsqueda deba de ser la búsqueda de lo auténtico. No parece un mal objetivo.

Tampoco es que sea tan zen. Lo digo por si hay alguien a quien lo zen le molesta, porque de todo hay en la viña del señor (con minúscula, sí, qué rebelde soy). Al fin y al cabo no decir que unas flores de verdad son tan hermosas que parecen de plástico tampoco nos va a convertir en un nuevo Dalai Lama.

Y no es que yo vaya ahora a inventar el mito de la caverna de Platón… Ya saben, no vemos la realidad tal cual sino una sombra de la misma. Lo que sí hago es recordarlo porque entre sus mil aplicaciones prácticas, y digo prácticas con toda la conciencia de la que me es posible disponer, está el séptimo arte (“séptimo”: creo que me está quedando un artículo muy religioso. ¿Y qué no lo es?).

A riesgo de que se me acuse de tirarme el rollo, citaré a otro ilustre, quizás no tanto como Platón pero quizás a la altura del Dalai Lama. Jean-Claude Carrière dice que él aconseja a sus amigos cineastas de otros continentes que cuenten su realidad, que se olviden de la universalidad, que tienen que narrar sus propias historias. Yo quiero romper una lanza a favor de esa idea sin tener muy claro por qué hay que romper ninguna lanza para manifestarse a favor de algo.

Ahora puedo estar a punto de ser acusado de meterme con el cine norteamericano. Nada más lejos de mi intención. Adoro el cine norteamericano. El bueno, claro. También puedo estar a punto de ser acusado de meterme con el cine español. Pero habiendo sido tan intrépido como para apoyar la resistencia al axioma de universalidad en el cine, de preferir las flores de verdad y de tratar de resucitar un mito anterior a Cristo, pues ya saben, de perdidos al río…

Así que vamos a ello. Planet 51 o Cómo para hacer la película más cara de España hay que contratar a un guionista americano. Siento ser un poco extremista, pero incluso en una película de animación creo que el mayor mérito está en el guión. Hay algunos a los que les gusta mucho la cosa de la técnica. Pero a excepción de algunos visionarios capaces de, gracias a la técnica, darle un gran revolcón al enquistado panorama cinematográfico, de resto, ser muy bueno no es tan meritorio, sobre todo cuando hay tantos que son muy buenos. De hecho podría decirse que se deja de ser muy bueno si hay muchos que lo son.

Parece ser que pagaron a Joe Stillman, guionista de Shrek (por cierto uno de los guiones más flojos de las películas de animación de los últimos años, lo cual nos viene a indicar que por mucho Planet 51 que se haga seguimos en la España de Vente a Alemania, Pepe) una pasta gansa por hacer lo siguiente: Una película en España que imitara el contexto de la América de los cincuenta pero trasladada a un planeta cuya única diferencia con la América de aquella época es que los coches no tienen ruedas, la gente es verde y en vez de lluvia de agua tienen lluvia de piedras. Ja, ja. Qué bueno, qué ingenio. Les aseguro que por dos millones de dólares de sueldo muchos guionistas españoles habríamos inventado algo mejor, más sofisticado, más fascinante, más envolvente.

La idea de Planet 51 muere a los cinco minutos de película. Era una buena idea, sí. Como he leído en algún lado, un E.T. al revés. Qué bueno, qué ingenio. Y ya. Tener una buena idea no significa tener una buena historia.

¿Por qué no hicieron un corto? Ah, claro… La pasta. La que lleva a hacer una promoción tan patética en Antena 3 como “La película más cara del cine español” entendiendo lo caro como sinónimo de calidad. A lanzar un brutal merchandising para ofrecerlo en esos salones esclavistas de niños del tercer mundo llamados McDonald’s.

Hay muchas cosas que decir sobre esta película y resumiendo muy mucho podríamos llegar a la siguiente síntesis: una película más de animación. Se puede tener la pasta de Pixar, los conocimientos técnicos de Pixar pero no por ello vas a ser Pixar. Porque Up y Ratatouille tienen algo que las diferencia, un valor añadido.  Y está en el guión.

¿Si hubiera sido americana habría sido más indulgente? Por supuesto. Habría visto una típica película de animación americana con un par de golpes divertidos y con una estructura absolutamente arquetípica y previsible para cualquiera que haya leído y asumido los principios del maestro de guión Robert  McKee. Pero es que no es americana. Y me jode bastante pensar que para triunfar con una película hay que imitar a los americanos. De hecho, creo que ni los mismos americanos la habrían hecho tan americana. Nos vamos a Alemania, Pepe.

Es bonita, pero es una flor de plástico.

 

 

Alberto García

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