‘Perdiendo el norte’

'Perdiendo el norte'

Una cara más cercana a los verdaderos ‘Españoles por el mundo’ pero que todavía se queda un poco corta.

La película de Nacho G. Velilla -Fuera de Carta, Que se mueran los feos- quiere hacer justicia a un estereotipo televisivo que a mí siempre me ha dado mucha rabia: el de ‘Españoles -triunfadores- por el mundo’. Personas que parece que sin tener un duro se marchan a un sitio remoto del que desconocen el idioma y terminan convirtiéndose en los reyes del mambo.

Ya era hora de que alguien aprovechara la coyuntura para hacer una película sobre este tema y G. Velilla parecía un buen tipo para conducir el proyecto, viniendo de dos películas bastante divertidas. Pero Perdiendo el norte se queda corta como drama y como comedia. Por un lado, la crítica que realiza al problema del desempleo en España y a la ‘fuga de cerebros’ no aporta nada más allá de los tópicos y las frases hechas. En la parte cómica tampoco logra el efecto deseado y se queda en capítulo de teleserie, evidenciando ciertos ‘vicios’ en la narrativa del que fuera guionista de exitosas series como Aída.

El argumento es tan sencillo, tan creíble y tan actual que lo que resulta raro es que no se haya sabido exprimir mejor. Estoy segura de que tomando un café con cualquiera de estos verdaderos ‘Españoles por el mundo’ se podrían haber sacado más anécdotas divertidas y más fuerza dramática de la que aparece en Perdiendo el norte. Alentados por el popular programa de televisión, dos amigos españoles deciden marcharse a Alemania siguiendo los cantos de sirena que nos venden los medios de comunicación: “Allí hay trabajo”. Pero sus ganas de comerse el mundo se van apagando lentamente cuando se dan cuenta de que no todo es tan sencillo ni tan bonito como lo pintan y que convertirse en ‘inmigrante’ -aunque sea en el siglo XXI, con dos carreras y un máster- conlleva una serie de connotaciones negativas en el proceso de adaptación al nuevo país.

Pero la historia de Perdiendo al norte se va por otros derroteros, indagando en el territorio de un humor que nunca llega -porque no aporta nada novedoso- y de una historia que, para ser justos, en el mundo real suele ser bastante peor.

 

 

Celina Ranz Santana

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