Patria

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Es posible hablar del terrorismo sin acritud

Que una novela no la lea nadie no quiere decir que sea una mala novela. Que la lea todo el mundo tampoco la convierte en algo extraordinario. Acostumbrada a esta cierta desconfianza a tener entre las manos una obra de la que todo el mundo habla maravillas, empecé a leer Patria con la guardia bien alta, “no vaya a ser que me hayan vuelto a engañar”.

Pero no, la última novela de Fernando Aramburu no es uno de esos éxitos de librería que se venden como churros sólo porque alguien haya dicho en un programa como Sálvame (todo un referente de la cultura española) que se trata de una obra espectacular. A veces se da el caso: una novela que lee todo el mundo porque es una novela extraordinaria.

Patria no ahonda en el dolor sino en la necesidad de perdón

No se trata de un ensayo ni de una crónica. Los detalles más escabrosos de 40 años de terrorismo en España emergen de las páginas de Patria sin necesidad de estadísticas, cifras, fechas o nombres propios. De vez en cuando una pincelada, “ah, me acuerdo de esto”, nos recuerda que hay mucho más de realidad que de ficción entre las líneas de esta novela.

Patria no nos exige posicionarnos ni nos impone un mensaje moralizante acerca de la voluntad de un pueblo, los intereses políticos o el espíritu colectivo. “Que sí, que es otra historia sobre el terrorismo, pero que te digo que es diferente”. No hace apología de la violencia, ni de ETA ni de nada que implique teñir de sangre y vanidad el orgullo vasco, porque lo lamentable, lo cruel y lo injusto son sólo un pretexto para habar del amor.

El amor de una madre, el amor a la vida, el amor a una tierra, a la libertad, a un amigo, a un gato o a unos huevos fritos. Ese amor cotidiano que a veces se escapa de nuestro entendimiento porque siempre está presente. Esa patria interior a la que todos nos debemos, por encima de símbolos y banderas.

 

 

Celina Ranz Santana

 

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