Parque cultural Viera y Clavijo: me saltaron las lágrimas

Aquello que fue escenario de infancias felices se ha convertido en un basurero. Allí, cuando niña, corría y saltaba, jugaba con mis compañeras de clase, al tiempo que se iba modelando mi persona bajo las enseñanzas magistrales de aquellas monjas Asuncionistas, de tan grato recuerdo para todas las ex alumnas, mis amigas de entonces, de ahora y de siempre.

Nuestras madres, hermanas y tías; generaciones completas formadas en un colegio ejemplar, ubicado en un entorno entrañable y maravilloso: el Colegio de La Asunción, en el después llamado Parque Cultural Viera y Clavijo; hasta hace no muchos años, foco cultural de Santa Cruz; patrimonio histórico y privilegio urbano del que todavía se mantiene legible la placa que lo definía como sede de la Universidad Menéndez y Pelayo, o la mancillada escultura de Joan Miró, o la ruina del teatro Pérez Minik,  anexo al colegio; o aquella iglesia con preciosas vidrieras que ya no existen, o el edificio neoclásico del propio colegio, hoy desvencijado, con las escaleras de sus accesos arrancadas a golpe de pico; las puertas y ventanas tapiadas o abiertas a la intemperie de gatos callejeros y excrementos de palomas. Pintadas en los muros; los jardines descuidados y sucios. La significativa, para todas nosotras, Placita de San José, ocupada por un extraño escenario, cuyo grotesco diseño nada tiene que ver con la entidad del entorno. La otra gran explanada (¿por qué la llamábamos “el tenis”?), donde se celebraban eventos institucionales -aquellas Fiestas de Magos- Y, ¿cómo se permitió “incrustar” el “Hotel Escuela” en esta zona verde?…

Hace unos días, algo en mi subconsciente me incitó a traspasar la valla grafitera que oculta a la vista un interior deplorable. Intenté sentarme en algún sitio para encajar el impacto emocional que me produjo una visión de pesadilla. No encontré asiento porque la inmundicia se enseñoreaba de bancos rotos, losas mugrientas y césped asilvestrado e infestado de porquerías de perros, cuyos amos encuentran la comodidad de un recinto séptico para sus mascotas.

El disgusto hizo que se me rayaran los ojos. Los cerré, y creí oír la algarabía de voces y risas de las niñas en el recreo. Los abrí de nuevo, y el sentimiento de indignación se mezcló con mi dolor por la indecencia de lo que estaba viendo. Debía  divulgarlo para que el desconocimiento no fuera nunca más motivo de olvido y abandono por parte de los responsables. A tal fin, y con el ánimo estimulado mi conciencia dolorida, me dediqué a fotografiar todos y cada uno de los rincones y detalles que pudieran servir como denuncia por todo lo que ofendía, no ya el sentimiento de unas colegialas nostálgicas, sino el de todos los ciudadanos santacruceros, agraviados por una gestión desafortunada que ha llevado a la vergüenza de convertir en un sumidero lo que, hasta hace apenas una década, albergaba la gloria de un entorno privilegiado para disfrute, solaz y legítimo orgullo de una población que no merece este desatino.

Colgué el reportaje fotográfico en mi facebook con el comentario adecuado a la situación. Fue una reacción fulminante. A la página “Viera y Clavijo” se adhirieron más de cien personas el primer día. A posteriori, rescaté fotografías de quince años atrás, cuando el colegio y el Parque estaban en su apogeo, y resultó un testimonio demoledor por su comparación con la lamentable actualidad. Hasta tal punto se estimuló la conciencia ciudadana que el masivo apoyo a la causa ha determinado la creación de  una plataforma, no solo con los miles de antiguas alumnas, sino con la sorprendente afluencia popular para reivindicar la defensa, protección y rehabilitación del Parque Cultural Viera y Clavijo. Por fortuna, han reaccionado las fuerzas políticas con la lógica e inmediata declaración de intenciones positivas y con algún indicio de acometer obras, pero sin confirmar todavía un arranque eficaz. Y, por supuesto, intentando localizar  responsabilidades adjudicándoselas de unas entidades políticas a otras. Que si la propiedad actual es del Gobierno de Canarias, no del Ayuntamiento. Que el presupuesto para la restauración del edificio central fue desviado al  teatro Guiniguada de  Las Palmas como prioridad decidida por la Consejería de Cultura… En fin, que quedan multitud de capítulos pendientes en una asignatura que, de momento, han suspendido con nota baja aquellos que permitieron un abandono tan deplorable. Ilusiona que las rectificaciones de los actuales responsables tengan la eficacia suficiente para rehabilitar este motivo de dignidad ciudadana.

La semana próxima hemos sido convocadas por las autoridades municipales a una reunión  para tratar este delicado problema ciudadano, con la esperanza puesta en saber transmitirles la verdadera entidad del desafuero, con el espíritu de colaboración suficiente para que, desde el apoyo masivo ya obtenido, y que sigue en marcha, servir  de estímulo a una gestión institucional capaz de resolverlo.

 

 

 

Ana Mendoza

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