Parecía un buen tipo…

Carlos Castañosa

Su carisma positivo, facilidad de palabra y discurso elegante, prestancia e imagen de líder…

Rodrigo Rato parecía entonces la alternativa adecuada para sustituir a Aznar al frente de su partido, y por ende, a ocupar la presidencia del Gobierno que hoy ostenta su colega Rajoy.

Su gestión como ministro, en sendas legislaturas consecutivas, estuvo matizada por la “vacas gordas” que permitían fechorías como iniciar el desmantelamiento sistemático del tejido estratégico, columna vertebral de un Estado de Derecho que queda indefenso frente a intereses externos si se le priva de ese control patrimonial. Comenzó un proceso de privatización del sector público, absolutamente demoledor, continuado después con el mismo énfasis por el ínclito sucesor de los “brotes verdes”.

Sobre las entidades oficiales más rentables, so pretexto de que la gestión empresarial mejoraría la eficacia, se procedió paulatinamente a su reparto y graciosa adjudicación a amigos privados. Los beneficios, antes reportados al Estado – como incuestionable patrimonio del Pueblo -, pasaron a ser buen negocio para unos pocos y afortunado retiro en los consejos de administración para ex presidentes y ex altos cargos de una clase política perversa, despilfarradora y desvergonzada.

El paradigma fue Telefónica; el negocio redondo que, de servicio público y elemento estratégico fundamental, pasó a ser “pelotazo” consentido, favorecido y con la complicidad de quien ahora recoge el premio de su fichaje como compensación por los “servicios prestados” ( no precisamente por motivos patrióticos ).

Tampoco parece que la trayectoria reciente del susodicho sirva como elemento de justificación para tan sustanciosa prebenda. Su paso por la presidencia del FMI fue agriamente denostado por expertos financieros de fuera, por la penosa gestión que desplegó en los albores de la crisis en foro tan ostentoso.

Lo de Bankia, tocando la campanita, fue el denigrante colofón de un fracaso, compartido en equipo con sus “compañeros de viaje” ataviados con la camiseta del mismo color, pero todos debidamente compensados con millonarias indemnizaciones a costa de un pueblo sumido en la miseria de los desahucios provocados por una entidad corrupta, para vergüenza de un país en una coyuntura socio-económica que no puede asumir el agravio de estos gestos despóticos, más propios de una época feudal que adecuados a la supuesta democracia que hace aguas por cada uno de los derechos fundamentales declarados en una Constitución que, día a día, ve tambalearse varios de sus cimientos.

Están jugando con fuego, pues la resignación colectiva tiene el límite de la desesperación. La inhumana presión y mal trato abusivo que la clase política está ejerciendo sobre una ciudadanía, a la que supone indefensa, desembocarán en deflagración. No es vaticinio, sino correlación histórica, pues inexorablemente se repiten los ciclos.

La desfachatez, el descaro y menosprecio por la opinión pública ante acontecimientos tan impresentables, no deben seguir impunes. El desprestigio institucional no afecta solo a una persona, ni a un solo partido, ni siquiera a la casta política en exclusiva, sino que redunda en una sociedad avergonzada por pertenecer a un país donde impera la indecencia y en la que los valores morales han quedado en letra de copla.

 

 

Carlos Castañosa

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