Paradojas de la historia (a propósito del nuevo Papa)

Se dice que los nombres de los Papas constituyen una suerte de declaración programática del gobierno de la Iglesia y de lo que será la orientación del nuevo pontificado.

Quizás por ello, durante el cónclave y cuando la nominación del cardenal Jorge Mario Bergoglio era casi inminente, su amigo el cardenal brasileño Claudio Hummes, con cierta ironía, le sopló al oído: “Te puedes llamar Adriano, así serás el reformador; pero no elijas el nombre de Clemente XV, porque sería una venganza contra Clemente XIV que disolvió la Compañía de Jesús”.  Y dándole un toque de “compromiso social”, el mismo Hummes (que es un franciscano de pura cepa) le recordó: “No te olvides de los pobres”. Esta palabra resonó en la mente de Bergoglio,  y como si un rayo de luz le iluminara, surgió por asociación de ideas el nombre de “Francisco”, el “pobrecillo de Asís”.  Y he aquí la primera paradoja,  que el jesuita Jorge Mario Bergoglio haya elegido el nombre del fundador de la Orden Franciscana.  La misma orden a la que pertenecía el Papa Clemente XIV,  que fue elegido Pontífice en el cónclave de 1769 (tras la muerte de su predecesor) y que pasaría a la historia por haber disuelto la Compañía de Jesús.

Efectivamente, tras la expulsión de los jesuitas de Portugal, Francia, España…, llegó al papado Clemente XIV, un fraile franciscano “anti-jesuita”, y en 1773 en medio de una agria polémica decretó la disolución de la Compañía de Jesús. Esto ocurrió justo un año antes de su misteriosa muerte en 1774. Digo “misteriosa” porque su desaparición estuvo rodeada de todo tipo de conjeturas y recelos, incluso hasta la sospecha que circuló entonces de muerte por envenenamiento.

Otra paradoja la conforma el hecho de que la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1540, contempla entre sus reglas la prohibición a todos sus miembros de ocupar cargos de responsabilidad en el gobierno de la Iglesia. Pero no es la primera vez que  se “vulnera” esta norma. Aunque quizás sea la más flagrante hasta ahora, ya que se trata del primer Papa jesuita de la historia. Se recordará que en alguna ocasión,  algún que otro obispo ha ocupado puestos de responsabilidad en la Iglesia católica.  Ello se ha justificado tradicionalmente en base al cuarto voto que los jesuitas juran al entrar a formar parte de la orden, el de “obediencia al Papa” (paradójicamente, este “cuarto voto” fue el que motivó que la Compañía de Jesús fuera declarada “ilegal” en enero de 1932, al contraponerse al artículo 26 de la Constitución de la República española de 1931).

Hasta ahora, no obstante la prohibición para ejercer altos cargos eclesiásticos, cuando a un jesuita se le nombraba cardenal, este pedía que se “reconsiderara” su nombramiento, y a la tercera “reconsideración”, aceptaba el cargo. Lo mismo que ocurre cuando invitas a un café a un policía local cuando está de servicio y el hombre, a la primera, se opone rotundamente advirtiendo quizás un atisbo de cohecho en el convite; a la segunda, la oposición se hace más tenue y a la tercera insistencia, acepta el café con resignación.

En mi modesta opinión, el “cuarto voto” de obediencia al Papa es una “excepción” que difícilmente encajaría para justificar la elección del pontífice, ya que no es el Papa quien lo pide, sino el cónclave cardenalicio. Desde un punto de vista canónico, sería como mínimo discutible, pero para interpretaciones… “doctores tiene la Iglesia”.

Lo cierto es que el Papa Francisco I parece haber estrenado una nueva etapa de la Iglesia romana con su llamada a la austeridad. Al menos –hasta ahora– en lo simbólico: en el acto de bendición a los files en su primera comparecencia pública en Plaza San Pedro, en lugar del tradicional crucifijo en oro, lució colgado al cuello una cruz de un metal menos precioso. Suponemos que tratando de enviar un mensaje de austeridad y pobreza (no sé si en sintonía con los tiempos presentes, o de reproche a la ostentación de tiempos pasados).

Por el momento, ninguna referencia a los asuntos financieros de la Santa Sede. Ni si quiera a los escándalos en que se ha visto envuelto el I.O.R., Instituto para las Obras de la Religión (que con este pomposo nombre se conoce a la “banca vaticana”). Supongo que en su agenda tendrá alguna anotación en referencia al supuesto “informe secreto” encargado por el dimisionario Benedicto XVI a tres cardenales (Julián Herranz, Jozef Tomko y Salvatore De Giorgi), del que se hacía eco en días pasados el diario italiano La Repubblica (21.02.2013), y que al parecer habla de espinosos asuntos sobre finanzas, escándalos sexuales y  Vatileaks. Hay quienes  han apuntado que son estos los verdaderos motivos que están detrás de la renuncia del Papa Benedicto…

Si la intención del nuevo papado es una loa en defensa de los pobres, bienvenida sea. “Sería lindo” –como dirían en su tierra natal– ver al nuevo Papa emulando a San Francisco de Asís repartiendo las riquezas de su familia entre los pobres, aún a riesgo de dilapidar el patrimonio familiar y de convertir en pobre a su propio padre. Aunque esto solo sea una metáfora de la nueva Iglesia, la de Cristo.

 

 

 

Luis Rivero Afonso

www.luisrivero.es

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.