‘Oz, un mundo de fantasía’

Oz, un mundo de fantasíaUna historia previsible más allá de los sueños.

Oz no volverá a ser el mismo lugar después de esta película. Todo lo que nuestra imaginación hubiera podido diseñar para crear este mundo de fantasía se queda corto después de ver la película dirigida por Sam Raimi -saga de Spider-Man-.

La distancia entre los escenarios de Oz, un mundo de fantasía y el clásico dirigido por Víctor Fleming en 1939 es abismal, pero no se esperaba otra cosa: siete décadas de cine dan para mucho y si El mago de Oz es capaz de seguir sorprendiendo al público actual por la cantidad de extras y escenarios así como por la calidad de las interpretaciones, qué menos que exigirle a esta precuela del sello Disney que nos deleitara, como mínimo, con grandes medios tecnológicos.

Lástima que la modernidad haya cercenado parte de esa ingenuidad de los clásicos que en Oz, un mundo de fantasía parece evaporarse como la bruja mala en una nube de humo.

Y es que el argumento de la película es tan predecible que hace que las dos horas de metraje tiendan a perder ritmo y hacerse un tanto pesadas. Los momentos magníficos y un tanto aterradores del final no consiguen levantar una película que, en cuanto se tiñe de color, parece ir decayendo hacia el clímax, en vez de añadir las pinzas argumentales para mantener el telón siempre a medio abrir y generar cierta tensión en la trama.

Oz –James Franco, El origen del planeta de los simios-, es un mago de Kansas, acaba llegando a un país que lleva su mismo nombre cumpliéndose así la profecía según la cual deberá acabar con la bruja mala y ocupar el trono del reino. A pesar de que Oz no es el mago que todos esperaban, el ingenio y la confianza harán posible que se enfrente al mal en igualdad de condiciones en una lucha entre las malas artes y el sentido común.

Una fábula entrañable sobre la autoconfianza y la bondad que, en mi opinión, no convencerá a los niños por ser demasiado espesa ni a los padres por ser demasiado evidente, pero que se esfuerza en desplegar las alas de la imaginación a través del juego visual, aunque no logre coger suficiente altura como para ser todo lo evocadora que desearíamos.

 

Celina Ranz Santana

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