Optimismo saludable

Be HappyJosé Gregorio González

La ciencia moderna revela con estudios cada vez más frecuentes que una actitud optimista en la vida resulta especialmente beneficiosa para la salud. Mayor longevidad, menos afecciones cardiovasculares, un sistema inmunológico más potente y mayor rapidez en la recuperación tras enfermedades, son algunos de los efectos más destacados. Lo más importante es que, sin ser necesariamente optimistas, podemos modificar nuestra conducta para lograr sus beneficios.

Hace unos días regresé por trabajo a Las Palmas de Gran Canaria y con más calma que otras veces, me dediqué a leer detenidamente la exposición externa que luce en el Museo Elder de Ciencia y Tecnología, en plena plaza de Santa Catalina. En grandes y atractivos paneles se hace un recorrido por el humor y la risa, así como por sus implicaciones en la salud. Aproximaciones culturales, de género, neurofisiológica, endocrinas…apuntes sobre los cómic, los chistes, el humor enlatado…vamos, una exposición genial, bien pensada y excelentemente plasmada para quienes quieran detenerse por un instante y recrearse en este buen trabajo. Pues bien, durante las dos últimas décadas he tenido que abordar este asunto de la risa y el humor como terapia en múltiples ocasiones, he conocido a terapeutas, asistido como observador a talleres y escuchado con sumo interés lo que me han contado varias decenas de personas sobre su patologías particulares y el efecto que el buen humor ha tenido en sus procesos terapéuticos. No albergo dudas,Museo Elder por tanto, que es bastante más rentable y divertido vivir de forma optimista y reír, que andar enfadado con todo y con todos, descontentos con la vida. Animarme a escribir estas líneas no tiene tanto que ver, por tanto, con convencer al lector de algo que a mi me resulta bastante obvio, y sí en cambio con un apunte que vi plasmado en uno de los murales. El texto apuntaba lo siguiente: “El humor puede contribuir a una buena salud emocional pero es esencial la intencionalidad y el tipo de humor. Las personas emocionalmente equilibradas que tienen relaciones satisfactorias suelen usar el humor para realzar su bienestar y acercarse a los demás. Sin embargo, el auto-degradarse para hacer reír a los demás, o el uso del humor de forma cínica o agresiva, hace más mal que bien”.

El texto me hizo pensar. Y el resultado, son éstas líneas sobre el optimismo como camino de salud.

Yo optimista, tu optimista, el optimista….

Teniendo en cuenta también la profunda base psicológica que subyace en numerosas trastornos y que está sobradamente atestiguada en medicina, no debe extrañarnos demasiado que el optimismo como pauta de vida, como gasolina que nos motiva, constituya algo lo suficientemente positivo en nuestras vidas como para que se traduzca también a nivel somático. Las personas felices son más sanas, pero esa relación no tiene que ver con el hecho de ser felices por gozar de buena salud, sino con los efectos positivos que la felicidad y los estadios de ánimo positivos tienen en la salud. Hoy por hoy se acumulan evidencias a favor del valor terapéutico del optimismo, tanto como una actitud psicológica que nos ilumina y revitaliza en momentos de crisis físicas o psicoemocionales dándonos empuje y energía para afrontar las dificultades, como a través de mecanismos bioquímicos que comienzan a ser comprendidos y que se ven afectados por esta disposición vital. Un estudio de Bárbara Fredrickson y Tugade en torno a la resiliencia, o “capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves”,  centrado en los atentados de Nueva York del 11 de septiembre, evidenció que experimentar emociones positivas como por ejemplo amor, gratitud, o interés, tras la protagonizar de un hecho traumático, a corto plazo incrementa la vivencia de experiencias subjetivas positivas, mientras que a largo plazo reduce drásticamente el riesgo de depresión.

No hay nada nuevo bajo el sol y al margen de la latencia de esta idea en la medicina a lo largo de la historia, un ejemplo claro y fácil de contemplar en cualquier época es el de la importancia que en medicina siempre se ha dado a la actitud del paciente ante su enfermedad. Confiar en el médico y estar receptivo a la efectividad del tratamiento siempre ha sido entendido como algo muy positivo para que el paciente sane, lo que sin llegar a definirlo sí que está indudablemente asociado al concepto de “optimismo saludable”.

Corazones felices y sanos.

Un reciente estudio publicado en American Journal of Epidemiology y realizado por un equipo de la University College de Londres, encabezado por el doctor Andrew Steptoe, ha venido a aportar la enésima prueba de este vínculo entre aptitud positiva y salud. En esta ocasión fueron 2.873 los británicos adultos de entre 50 y 74 años sometidos a análisis de saliva y sangre que demostraron que la bioquímica de la “gente positiva” diferencia en algunos parámetros de quienes presentan una personalidad más hostil y negativa. Ratificaron un hecho ya conocido y relacionado con los niveles de sensiblemente más bajos de cortisol en la gente optimista, una hormona cuyo aumento crónico genera hipertensión y reduce la eficiencia del sistema inmunológico. Además de esa diferencia en la “hormona del estrés”, los investigadores descubrieron que los niveles de proteína C reactiva e interleuquina 6, directamente vinculados con estados de inflamación corporal que además va ligado a cardiopatías y algunos tipos de cáncer, eran bastante inferiores en quienes se definían como “felices”, aunque este dato curiosamente solo se pudo comprobar entre las mujeres.

Hace unos años fue un equipo del Centro GCZ Delfland holandés quien demostró, sobre una muestra de 999 personas de edades comprendidas entre los 65 y los 85 años, que aquellos que se definían como optimistas y que por tanto se inclinan a esperar resultados positivos y favorables de la vida, vivían más que sus opuestos. Esta institución psiquiátrica con Erik Giltay al frente del estudio, evaluó en un periodo de diez años la evolución de los sujetos, partiendo de un cuestionario que determinaba su salud y su actitud vital etiquetándolos como “optimistas” y “pesimistas”. Transcurrida una década comprobaron que casi un 40 por ciento había fallecido y descubrieron que los optimistas presentaban un 55 por ciento menos de riesgo de mortalidad por causas generales y un 23 por ciento menos de riesgo por fallo cardiaco. Las conclusiones, publicadas en Archives of General Psychiatry, evidenciaban también que los pesimistas tendían con mucha mayor frecuencia a descuidar su alimentación, fumar y adquirir hábitos poco saludables, una idea que otrosEl humor y la salud mental equipos han corroborado antes y después. La persona optimista busca instrumentos para la diversión, se alimenta mejor, hace más ejercicio y tiene una vida comunitaria más rica, lo que implica más apoyo social. En el año 2000 había sido la Clínica Mayo quien había llegado a conclusiones similares con una muestra de 800 personas y 40 años de seguimiento.

Chocolate, risas y larga vida.

Otro estudio epidemiológico sobre las cardiopatías, también holandés, el Zutphen Elderly Study, obtuvo en 2006 unos resultados muy curiosos al demostrar por un lado los grandes beneficios del cacao como reductor de la tensión arterial y del riesgo de mortalidad por trastornos cardiovascular, y por el otro los beneficios del optimismo en el mismo ámbito. El trabajo publicado en Archives of Internal Medicine se realizó con 500 hombres mayores de 65 años y demostró que el riesgo de fallecer por cardiopatías se reducía un 50 por ciento en los optimistas. La lista es interminable y aunque aún quedan por desentrañar algunas claves bioquímicas, parece fuera de toda duda que una actitud positiva, con sentido del humor, emociones positivas como la elevación y la fluidez, aporta bienestar y reduce la incidencia de múltiples enfermedades. Aunque no las hemos mencionado, las endorfinas, esas “drogas internas” que nos generan bienestar, son más elevadas en los optimistas y su vinculación con la risa, el placer sexual y los estados de felicidad subjetiva son determinantes. Parecen estimular incluso la inmunidad. Otro dato a señalar, observado con frecuencia cuando irrumpió el Sida, es que aquellos individuos que mostraban una actitud positiva y optimista, ampliaban su esperanza y calidad de vida ostensiblemente frente a quienes se mostraban derrotistas. Sandra Levi, de la Universidad de Pittsburg aportaba la misma percepción pero en pacientes oncológicos.

El sentido del humor y la risa.

Aunque el valor terapéutico de la risa ya ha sido abordado de forma reiterada, su vinculación con el optimismo como medicina hace necesario que nos detengamos en ella por un instante. La risa, como una expresión del humor, es altamente saludable al generar efectos diversos que van desde la tonificación y relajación muscular, a la liberación de endorfinas o una mejor oxigenación. No obstante, no podemos confundir risa con sentido del humor, puesto que la risa como expresión de una patología no es saludable, y no todo el humor es positivo. De hecho los beneficios atribuidos al humor no se han  podido verificar en el humor hiriente con los demás o el que usa la autocrítica para hacer reír. Probablemente las emociones positivas pueden incluso funcionar porque contrarrestan los efectos de las negativas.

María Luisa Vecina Jiménez de la Universidad Complutense nos ofrece un último dato para animarnos a ser optimistas “En un reciente estudio, 334 voluntarios sanos entre 18 y 54 años fueron evaluados en su tendencia a expresar emociones positivas (felicidad, satisfacción y tranquilidad) y emociones negativas (ansiedad, hostilidad y tristeza). Posteriormente, a todos ellos se les administró nasalmente unas gotas que contenían el virus que produce el resfriado común. Los resultados mostraron que aquellos sujetos con un estilo emocional positivo presentaban un riesgo menor de contraer resfriado que aquellos sujetos con estilo emocional negativo.

 

 


José Gregorio González

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