‘Nunca me abandones’, lo que nos hace humanos

Nunca me abandonesComo ocurre con todos los mortales, las vidas de los protagonistas de esta película no son más que historias con fecha de caducidad. Pero aunque asumen su destino con abnegación, no pueden evitar la parte de ‘humanidad’ que llevan impresa en su genética.

Nunca me abandones es una historia de sentimientos, pero de sentimientos contenidos. Contempla una pasión que no nos revolverá las entrañas, pero que descolocará el orden interno de nuestros sentimientos. Nunca me abandones respresenta la calma y la espera, desde la ‘resignación’ que implica ser mortal y tener los días contados.

Los protagonistas de la película asumen esta realidad con la conciencia de saber que sus vidas tienen un fecha de caducidad -más o menos programada- y no harán esfuerzos ni por vivir intensamente los años que les quedan ni por tratar de alcanzar la inmortalidad. Pero no hay drama en esta espera, ni en la pérdida, ni en la sombra de la muerte como punto final de todas las historias. Y esto es tal vez lo único que les diferencia del resto.

Mark Romanek –Retratos de una obsesión– dirige esta adaptación de la novela homónima del escritor británico Kazuo Ishiguro indagando en aquello que nos hace realmente humanos y planteando la historia desde la perspectiva de unos personajes que, por su condición ‘especial’ -que es mejor no revelar en una crítica de cine- parecen incapacitados para pensar o sentir como el resto.

Lo curioso de esta película -más allá del trasfondo moral que cuestiona la trama- es que baraja la posibilidad de que, aunque desprovista de pasiones, las vidas de sus tres protagonistas no distan mucho de la de cualquier otra persona salvo por el hecho de que no están dominadas por el temor a la muerte sino, tal vez, por la necesidad de no recorrer ese camino en soledad. La agonía de la espera hacia el desenlace de sus historias sólo es percibida por el espectador, incapaz de asimilar que la muerte sea una constante tan presente desde el comienzo de sus vidas sin que ello suponga ningún trauma.

Aunque en algunos momentos Romanek parece no encontrar el equilibrio entre las dos dimensiones que maneja la película -la cuestión moral y la cuestión sentimental-, lo cierto es que hay frases reveladoras que rescatan al espectador de su condición pasiva, activando no tanto las emociones como el pensamiento: “Quizás nunca lleguemos a entender lo que hemos vivido, o quizás nos hay faltado tiempo”.

 

Celina Ranz Santana

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