Nos hacemos mayores con Van Damme

Jean Claude Van DammeEl cine es cruel para los actores. Si yo fuera actor de cine creo que jamás vería mis propias películas porque me parecería una forma devastadora de enfrentarme con mi propia decadencia física. Se puede entender de otra manera: el envejecimiento como proceso de crecimiento personal y todo eso. Quizás soy un poco pesimista. Menos mal que no soy actor.

Pienso en esto a menudo cuando veo una película de hace por ejemplo veinte años y comparo a la estrella de entonces con lo que es hoy en día. Ya saben eso de que la vida de una persona apenas es un parpadeo de ojos comparado con la historia de la humanidad, no digamos del mundo, de la vida. Así que veinte años ni siquiera llega a un amago de parpadeo para el cómputo galáctico pero para un ser humano de los de estar por casa supone más o menos una cuarta parte de su vida.

Jean Claude Van Damme, nuestro héroe de la infancia (aquel que nos ponía los pelos de punta a los adolescentes flipados cuando lo veíamos en Contacto sangriento) se ha enfrentado valientemente a su propia decadencia en la película JCVD, cuyo título refleja las iniciales de su nombre. Ya en la primera escena, que parodia una de sus múltiples películas de acción y que está rodada en un largo plano-secuencia, le dice al director: “Me cuesta mucho hacer esto en una sola toma, recuerda que tengo 47 años”. A mí esto ya me dice algo, me pone alerta, quizás por la fascinación que ejerce sobre mí el asunto de la celebridad. La cara B de la celebridad, quiero decir. Para mi descargo he de decir que numerosos ilustres también se han sentido fascinados por esto, lo cual no me convierte en un ilustre pero sí al menos en otro ser humano más de los de estar por casa, como Van Damme, como Mabrouk el Mechri, el director de la película, a pesar de ese nombre tan exótico.

Aunque quizás la película no alcanza la maestría a la que apunta en su primera media hora, está a un pelo de lograrlo. Es una película extraña, difícil, inclasificable, que juega a la verdad y a la ficción casi a partes iguales. Es cine y es metacine. Es Van Damme y no lo es. ¿Qué es lo que deseaba el actor cuando se metió en este proyecto? Quizás desnudarse ante su público, decirnos que ser rico y famoso no es tan bueno como parece, confirmar eso que dicen los chinos: Cuidado con lo que deseas, porque se puede cumplir. Puede que fuera eso y el Van Damme actor que parece estar haciendo de sí mismo alcanza un ejercicio personal y metacinematográfico de auténtico Óscar. Aunque desgraciadamente no hay óscares por interpretarte a ti mismo. Que, en ocasiones, es mucho más difícil que hacer de otro. Ahora, repentinamente, descubrimos al Van Damme actor, a la persona real y no al trozo de carne que da patadas imposibles y se abre como una caballa. Me pregunto si los que veíamos con placer sus películas de críos intuíamos que detrás del karateka había un ser profundo y honesto o era simplemente la natural fascinación por las peleas de cine lo que nos hacía estar pegados a la butaca al contemplar a aquel Soldado Universal.

JCVD es un magnífico ejercicio de estilo, un rara avis dentro de la cinematografía actual que me recuerda a los juegos que le gusta practicar al guionista Charlie Kauffman, especialmente en la maravillosa Adaptation, una de las mejores películas, a mi juicio, de la última década. En ésta, como en la película de Mabrouk el Mechri, utilizan el cine para salirse del propio cine. Se juega a utilizar la vida para tratar de hacer cine. En el fondo, puede que sea la misma cosa. Hablan de nosotros.

Alberto García

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