No son los únicos radicales…

Silueta en la sombraUn grupo de jóvenes valientemente pertrechados con pasamontañas y todo el aparataje de lucha callejera, se dedica a reventar las manifestaciones y a destrozar todo lo que encuentran a su paso.

Queman cajeros y contenedores, rompen escaparates, se enfrentan a la policía, y sobre todo, hacen un flaco favor al resto de los manifestantes que se quedan paralizados viendo cómo aquella protesta pacífica se convierte en una batalla campal.

Pero me resisto a pensar, desde otro punto de vista, que ese porcentaje de alborotadores (extrañamente llamados “radicales”) solo se encuentre en medio de las manifestaciones. Me pregunto si esta minoría agresiva existe también en otros sectores de la sociedad; si bajo la apariencia sosegada de la oficina de un banco, en una comisión de diputados o en la policía, por poner algunos ejemplos, se oculta un número de radicales y violentos.

Sí, ha de haber, seguro. Las estadísticas confirman que una sociedad siempre tiene en su germen una minoría violenta. Lo que aquí resalto es que su conducta es más sibilina que aquella fuerza destructora de los revienta-manifestaciones.

Los destrozos del espacio público y las conductas agresivas son perfectamente condenables, pero, tanto o más, el uso indiscriminado del poder de cierto grupo políticos, la brutalidad de algunos sectores de la policía, la terca complicidad de los que firman absoluciones injustas, y aquella manipulación económica de los leones financieros.

En todas partes cuecen habas, decía el dicho español. No debemos cegarnos únicamente con la violencia que muestran los informativos. No caigamos en la trampa.  Quitémosle la máscara a aquellos que nos apalean desde rincones aparentemente respetables. Aquellos que no utilizan pasamontañas sino corbatas, bufandas sino uniformes.

Lo repito, no caigamos en la trampa.

Octavio Pineda Domínguez
Lector del Departamento de español
Universidad Babes-Bolyai
Cluj-Napoca. Rumanía

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