No se salva ni Dios

Menudo mundo éste, repleto de incongruencias. Mientras cientos de miles de personas se mueren de hambre en Somalia, los agricultores franceses nos tiran la fruta en la frontera. Mientras miles de personas se encuentran en el paro, el Estado español brinda sus medios a una visita del Papa. Mientras más evolución, menos progreso.

Esto no hay quien lo aguante, ni religión que lo explique -ni con los milagros de la fe-, ni Gobierno que lo arregle. Porque esto ya es el cachondeo padre. El desajuste es tal que cualquier opinión puede ser tachada de simplista, pero es que el trasfondo es bien simple, no me lo estoy inventando: ni yo genero la crisis, ni yo provoco las guerras, ni yo me quejo rompiendo farolas, pegando patadas o violando la legalidad. Y seguramente, usted tampoco, ni por muchos créditos que se le concedieran en el pasado, ni por la hipoteca que le dieron hace diez años, ni por trabajar por menos de lo que cobraba entonces, ni por decir “estoy indignado”.

Los medios de comunicación, bajo la protección de los partidos de turno y de las cabezas pensantes que a su vez manejan a esos partidos de turno, nos han hecho creer que estamos metidos en el meollo desde el principio y que cualquier intento de salir del tiesto está condenado a perderse entre las denigrantes escenas de cuatro buscapleitos que no salen a la calle para hacer justicia sino para buscar pelea.

Estoy hasta las narices de estos individuos que restan credibilidad a las protestas reales y suman minutos en telediarios y titulares en periódicos. Pero más cansado me tienen esos telediarios y esos periódicos que distorsionan la realidad para mostrarnos solamente esa parte menos grata protagonizada por insensatos a los que nada les va ni les viene. Han conseguido convertir la ‘indignación’ en un síntoma que solo padecen los revolucionarios del tres al cuarto para que la protesta ciudadana sea sinónimo de disturbios y mezquindad.

Pero no es así. Seguimos teniendo voz, y no hace falta llenar plazas, ni aplaudir agitando las manos en alto, ni acampar, ni caminar cientos de kilómetros. Ni tan siquiera organizarse en asambleas, ni crear definiciones, ni lemas, ni pancartas. Porque está visto que todas esas movilizaciones que en principio sirvieron sin duda para dar un toque de atención, para decir ‘ya estamos aquí, esto tiene que cambiar’, a día de hoy han sido tomadas por ineptos que han hecho un flaco favor al verdadero espíritu de protesta. La verdadera protesta, el verdadero cambio, debe de ser ante todo un ejercicio particular, íntimo, de reflexión y de acción, de todo aquello que sí está en nuestras manos.

El periodista Tiziano Terzani decía en El fin es mi principio, refiriéndose a las doctrinas comunistas, que de nada sirve decirle a toda una nación que va a vestir la misma chaqueta y los mismos zapatos si al final siempre aparecerá una persona que querrá dos chaquetas y dos pares de zapatos. No es una cuestión del sistema. La base del problema está en el género humano, incontrolable en sus ambiciones, limitado en su capacidad solidaria.

Los que tienen dos chaquetas y dos pares de zapatos son los que hoy en día nos controlan, y nos tienen anhelando llenar el fondo de armario como ellos, creándonos expectativas y necesidades que nunca llegarán a cumplirse. Manteniéndonos desnudos al tiempo que nos hacen creer que todos vestimos igual.

Así que hacen y deshacen como les da la gana. ¿Que los franceses nos tiran la fruta en la frontera? Mala suerte… ¿Que los jóvenes peregrinos pagan un billete de metro más barato que alguien que reside en Madrid? Ah, haberse unido antes al catolicismo.

Hoy mismo, la elocuente Ana Botella declaraba que la reducción de las tarifas de transporte para los peregrinos que participaban en la JMJ -algo que no se hace ni siquiera durante las Olimpiadas- no suponía ninguna repercusión a las arcas de la Comunidad de Madrid. Y entonces, ¿por qué no se reduce el precio del transporte público, que no ha dejado de inflarse durante los últimos años?. También se ha dicho que la visita del Papa reportará beneficios millonarios a la ciudad. ¿A quién, cómo, cuándo, dónde? Porque éste es el cuento de siempre, pero al final, lo único que está negro sobre blanco es que las empresas que colaboran en la celebración del evento -El Corte Inglés, Banco Santander, o Telefónica- podrán desgravar hasta el 90 por ciento de sus aportaciones.

Y encima, si a alguien se le ocurre alzar la voz para decir ‘perdone, pero esto es una tomadura de pelo’, terminan saliendo en televisión las imágenes de los imbéciles de siempre, estropeadores oficiales de protestas totalmente legítimas que defienden una línea de separación más clara entre Estado e Iglesia en un país que constitucionalmente presume de su laicismo. Anda que, si la que se ha montado para Benedicto XVI se hubiera montado para cualquier líder musulmán, no hubiera sido otra historia…

Compatriotas españoles: a comer fruta, a la frontera y a rezar donde corresponde. Que para hablar de injusticias sociales, de precariedad y de estupidez humana ya sabemos que nos sobran los motivos. Y estos no están en la puerta del Sol, ni en los barrios londinenses, ni en las descontroladas cargas policiales. Están donde viven los que no tienen ni voz para pedir ayuda y mueren de hambre a diario, mientras el Papa les da la bendición. Pero hoy no son noticia, porque somos así de humanos.

Vagabundo Pérez

 

vagabundoperez.blogspot.com

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