No me ofende quien quiere…ni quien yo no quiera.

Carlos Castañosa

El sentido del humor es como la vitola de la inteligencia. Quien esté capacitado para bromear con buen gusto y para aceptar con elegancia chuflas ajenas, coincidirá, sin duda, con un coeficiente intelectual de elevado porcentaje.

Otra cuestión es el intento de ofensa o la falta de respeto. Cierto es que el respeto hay que merecerlo y haberlo ganado de antemano por la entidad personal que, por sí sola, sea capaz de disuadir al gracioso torpe, limitado intelectualmente e incapaz de  distinguir  que una burla a destiempo lo deja  tan  en  ridículo como una mueca ante el espejo.

Reflexiones abstractas que requieren ejemplos concretos:

Los guiñoles franceses no me ofenden en absoluto. Pero tampoco me resultan chistosos porque los “ingeniosos” guionistas tienen la gracia donde las avispas el aguijón. Sin embargo, hacen pasar una cierta vergüenza ajena porque rezuman envidia. La frustración de tantos años sin comerse un rosco en competiciones deportivas, a nivel individual o por equipos, con el vecino de al lado que, coyunturalmente (no lo olvidemos), lleva una racha triunfal en casi todos los frentes, les rechina en su mal entendido chauvinismo y optan por el sarcasmo cutre, de tan baja estofa y tan repulsivo resulta, que no son capaces de arrancar ni una leve sonrisa, sino que se autorretratan como frustrados vecinos a los que la envidia les asoma como salivilla cayéndoles de la comisura de un rictus rabiosillo.
Otro matiz a contemplar sería la consideración de acusar de un delito sin aportar pruebas. Lo que convertiría el intento cómico en  tema judicial.

Más gracioso resulta el esperpéntico irlandés, amo de una “low cost”, burlándose de los trabajadores de Spanair recién despedidos. Su imagen haciendo el borrachito, disfrazado de payaso (sin necesidad de maquillarse), con los dedos en uve en gesto triunfalista, aplaudiendo como un niño en el circo porque “su compañía haría 500 vuelos semanales más en España gracias al cierre de Spanair…”, ofreciendo a los despedidos un humillante contrato basura… y venir a casa de las víctimas para mofarse de su desgracia; la verdad es que tiene gracia. Y es aquí donde el sentido del humor debe manifestarse en todo su esplendor.  No puede explicarse que tuviera que salir escoltado y protegido por la ertzaina, cuando en realidad deberían haberlo invitado al  “Tú sí que vales” donde, como el auténtico genio de la escena que es, sin duda habría triunfado como concursante y desbancaría a Risto para hacerse presidente del jurado.

Tampoco se explica, por lo graciosito que es este elemento, que por mandamiento judicial tenga vetada la operación de su compañía en países normales de nuestro entorno. En cambio nosotros le damos acomodo, y casi derecho de pernada, porque somos más inteligentes que nuestros vecinos y, por lo tanto, tenemos un sentido del humor mucho más desarrollado.

Claro, que el privilegio de disfrutar la irrupción de este “bajo coste” en valores éticos  aplicados a la gestión aeronáutica, no es mérito de la población en general, sino de nuestros avispados representantes políticos que, aunque no entienden mucho de lo que llevan entre manos, se tronchan de la risa con el personaje, y tan chistoso les resulta que no les importa dejarse extorsionar progresivamente, aunque sea en detrimento de los intereses, no ya del sector estratégico de la aviación española, que ya parece finiquitado, sino de los pasajeros, que también se revuelcan de risa por el salero que tiene el individuo que quiere hacerlos viajar de pie, colgados como jamones en el secadero,  para que quepan más en el avión y así se rían más fuerte. Hasta para afrontar estas faltas de respeto hay que tomárselo con hidalguía  y señorío.

Por fortuna somos un pueblo alegre, orgulloso de nuestros insignes políticos, cuya cotejada  inteligencia nos permite compartir con ellos, como seña de identidad, el sentido del humor con el que disfrutar estos agravios externos, aunque sea a costa de nuestra dignidad de españoles.

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Carlos Castañosa

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