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Shutter IslandAlberto García

Un barco tumbado en medio de una carretera chilena. Se ha encontrado una bolsa de agua en la luna. Dos noticias que tienen que ver con el agua. Dos noticias que tienen que ver con nosotros y sobre cuya conexión debo reflexionar. A pesar de ello, sigo hablando de cine.

Como todos, no puedo evitar hacer la eterna comparación: “La novela era mejor…” Podemos ponernos pseudos-intelectuales y decir aquello de que el cine y la literatura son cosas completamente diferentes. Y es cierto. Pero no lo es menos que algunas películas… son peores que el libro.

Es el caso de Shutter Island. Al menos a mi juicio. La novela poseía todas las características para convertirse en una película estupenda. La más destacada, que no es una gran novela. Porque las mejores novelas, las grandes, las que han permanecido o permanecerán en la memoria colectiva, esas es mejor dejarlas en formato libro tan ricamente. Y eso se debe a que la literatura, como el cine, es Forma (de esto habló muy bien Javier Cercas en un artículo reciente). Los grandes escritores no destacan por hablar de grandes temas, esos los conocemos todos y son sólo un puñado. Destacan por cómo cuentan esos temas. Y una película nunca podrá contar la historia del mismo modo. A veces lo intentan con recursos tan poco imaginativos como una voz en off que lee párrafos del libro. Y tratándonos, por tanto, como imbéciles. Yo me lo pasé muy bien leyendo Shutter Island. Porque no siempre necesitamos leer grandes libros, a veces sólo necesitamos una aventura. 

Éste de la adaptación de novelas al cine es un asunto bien complejo. El mismísimo Rafael Azcona la cagó bastante cuando adaptó En brazos de la mujer madura (por hacer referencia a un gran guionista). Y creo que se debió a que él sabía que el cine es otra cosa muy distinta de la literatura, con otro tempo y otra significancia visual. Pero no siempre tener conocimiento de algo conduce a mejores resultados. Véase la propia vida.

En Hollywood están obsesionados con llevar las novelas al cine como creyendo que eso les da ciertas garantías que un guión original no puede darles. Habiendo tenido éxito entre los lectores, por qué no va a tenerlo entre el público, dirán. Y creo que en España, imitadores burdos del panorama audiovisual americano se está implantando también esta creencia.

Me pregunto por qué si se adaptan novelas no se adaptan también otros artes al cine. Por qué no adaptar un cuadro de Sorolla o uno de Velázquez. Porque no es un arte “temporal” dirán algunos. La literatura y el cine son artes narrativas, se desarrollan en el tiempo. Cómo contar en dos horas Las Meninas. Otra opción sería hacer una adaptación cinematográfica de una obra musical. Hacer una película de El clave bien temperado, de J.S. Bach. Y eso sí es narrativa. Por favor que no lo hagan. Esa es una gran obra. O de Sheena is a punk rocker, de Ramones. Esa es otra gran obra.

El cine, arte que amamos tanto algunos que hasta resultamos casi ridículos, es un arte ladrón y en eso se basa en parte su grandeza. Ladrón porque se nutre de los otros artes y ladrón porque unos copian a otros. Qué sería del cine de Jarmusch sin los cuadros de Hopper, por ejemplo. Qué sería del comienzo de Volver a empezar de Garci sin el comienzo de Gente corriente de Robert Redford. Excelente la segunda, por cierto.

La película de Scorsese tiene ínfulas que no tiene la novela de Dennis Lehane. Y es una pena no haber podido extraerle más jugo visual a un tema tan fascinante como la locura. Scorsese es excesivamente barroco en su posicionamiento artístico y olvida –o no sabe- que la simplicidad es siempre más fructífera y más poliédrica. El cine, como la vida, debería ser más sencillo y complejo a un tiempo. Un texto de Woody Allen decía (más o menos así) que en una relación rota siempre sufre más al que dejan que el que deja. Porque al que dejan lo dejan y el que deja, es el que deja. Tan simple como eso.

Ahora se estrena la versión cinematográfica de La carretera. Creo que no iré a verla. Puede que no esté nada mal pero la novela es exquisita, una obra extrema y dolorosa. Porque, como todos los grandes escritores, McCarthy elige las palabras exactas para describir su historia. Elegir las palabras exactas. Tan simple como eso. Tan complejo. No tengo ganas de ver qué palabras usaron en la película. Y, para qué engañarme, no quiero arriesgarme a sufrir MAL.

El libro me hizo sufrir muy bien.

 

 

 

Alberto García

 

 

 

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