Ni una vez cada cuatro años

VotarUn treinta por ciento de los españoles no acudió a su cita en las urnas. Da igual que esté cayendo la que está cayendo, que se organicen manifestaciones y acampadas en las plazas públicas de las principales ciudades del país -e incluso en el extranjero- y que los ciudadanos manifiesten abiertamente su descontento con el sistema. A la hora de la verdad, hemos fallado, porque la pereza sigue siendo el más grave pecado capital de los españoles.

Con todo, mantuve la esperanza hasta el último momento, pensando que realmente todo lo que se ha organizado en torno al movimiento ‘Democracia real YA’ tendría consecuencias inmediatas en la jornada electoral. Los españoles estaban llamados a las urnas, a ejercer un derecho que, en los tiempos que corren, es también una obligación moral. Y sin embargo, no hubo grandes cambios en cuanto a los índices de participación. Y es que para que las cosas cambien y cambien de verdad, hacen falta más que buenas intenciones.

En países como en Bélgica o Luxemburgo los ciudadanos están obligados por ley a ejercer el voto. Y visto lo visto, me parece que este cambio debería incluirse dentro de las propuestas de reforma electoral que circulan entre los manifestantes que durante las últimas semanas han ocupado la calle. Porque si no es por ley, aquí no hay quien se mueva.

Esta ‘apatía política’ de un tercio de la población tiene que ver -tal vez- con el hecho de que, gane quien gane, a uno se le queda siempre esa sensación de ‘desengaño’. Si no son unos, son otros, pero el caso es que siempre son los mismos. Y ante esta situación, muchos votantes potenciales creen aún que con su voto, aunque sea en blanco, no conseguirán nada.

Sin embargo, la necesidad de cambio ha de partir de la iniciativa de los votantes y de la importancia de que hagan un uso consciente de ese derecho que en la actual democracia sólo se nos brinda cada cuatro años y con ciertas limitaciones.

Si ni aún en estas circunstancias estamos dispuestos a ‘sacrificar’ un día cada 1.460 para hacernos oír, de poco sirven los discursos alentadores de los que, de manera espontánea, han intentado movilizar a una población que ya no parece entusiasmarse con nada, ni siquiera con la posibilidad de un cambio favorable y necesario.

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Vagabundo Pérez

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