Ni siquiera un vagabundo

Vagabunda

Imaginemos que llevo más de tres meses en el paro sin percibir ningún tipo de prestación económica y, por lo tanto, sin cotizar. Como trabajador, mi número de la Seguridad Social ha sido dado de baja y no aparezco registrado en las bases de datos de ningún centro de salud. De un día para otro dejo de ser Vagabundo Pérez para ser vagabundo, a secas, porque si enfermo, si necesito tratamiento, si han de hospitalizarme, resulta que se han agotado mis garantías médicas. ¿Es esto el derecho a la asistencia sanitaria gratuita? Que no me vendan espejismos…

Para hablar de leyes ya están los jueces y los pseudopolíticos. Yo estoy aquí para hablar de lo que nos pasa a los que no entendemos el enrevesado lenguaje administrativo, ni tenemos la Constitución en la mesilla de noche para empaparnos con un par de artículos antes de meternos en la cama. Sí, les hablo desde la soberbia de la ignorancia, pero con toda la certeza de que este caso es real, casi autobiográfico, porque las injusticias que más me tocan los cojones las asumo como propias.

Un joven acude de urgencias a un centro de salud, aquejado de un intenso dolor de garganta que no le permite tragar. La médico de guardia le atiende muy cordialmente y le diagnostica una amigdalitis aguda con presencia de placas en la garganta. Hasta ahora no le han pedido ningún documento. Se ha presentado en el centro con su DNI porque se encuentra de vacaciones y no sabe si la tarjeta médica la ha dejado en casa o perdida debajo de las sandalias, los pantalones cortos y la toalla de playa. El caso es que le han facilitado una caja de antibióticos, el tratamiento de toda una semana, y le han recomendado que, aunque esté de vacaciones, en el plazo de una semana visite al médico de cabecera del centro médico en cuestión para que le eche un vistazo a esas amígdalas. Las vacaciones continúan sin demasiado ánimo para el muchacho, que tiene que prescindir de los días de playa y las cervecitas en la terraza del bar. Pero llega el octavo día, el primero después de finalizar el tratamiento, y se dispone a pedir cita con el médico correspondiente como paciente desplazado. Durante la semana ha tenido tiempo de encontrar su tarjeta médica, así que se presenta en el mostrador con la documentación pertinente. Y empiezan los “peros”. “Pero usted está en el paro”, “Pero usted lleva más de tres meses sin trabajar”, “Pero usted no percibe ningún tipo de prestación económica”, “Pero usted no está cotizando”, “Pero… usted no puede ser atendido en consulta”. El muchacho piensa que es broma, que la señora que le atiende desde el otro lado del mostrador acaba de sufrir un golpe de calor. “Claro, es que si le atendemos en estas condiciones, lo más probable es que le llegue la factura por los servicios prestados”.

Pero de qué está hablando esta señora… ¿No se supone que disponemos de asistencia médica gratuita? ¿No presumimos tanto de este sistema sanitario que nada tiene que ver con el estadounidense, en el que uno se puede morir desangrado en el sofá de casa si no dispone de seguro privado? El joven no tiene ganas de discutir con la funcionaria, que como buena funcionaria, muestra claros síntomas de inapetencia laboral. De manera que decide hacer las cosas por la vía legal. “Al ser menor de 26 años, puede ser incluido en la tarjeta del familiar con el que reside. ¿Reside usted con sus padres actualmente?” Respuesta negativa. “Bien, en ese caso, tendrá que traerme una fotocopia del DNI, el padrón del Ayuntamiento, el documento de la tesorería con el número de la Seguridad Social, una copia de la declaración de Hacienda o un certificado de no haberla realizado y ya en el Centro de Salud le facilitaremos los impresos para una declaración jurada en la que consta que usted no dispone de recursos económicos suficientes”. El joven se queda de piedra. Se le cae el alma al suelo, o las amígdalas, da igual. Y es que resulta que los inmigrantes –con respeto a todos ellos, legales e ilegales- tienen más facilidad que un parado español para ser atendido en un centro de salud. “Si es que no le estamos negando asistencia médica, pero antes tiene que regularizar su situación”.

El amigo ha perdido la capacidad de sorprenderse. Es el efecto secundario de la burocracia: a unos les da por cagarse en todos los muertos de los funcionarios y a otros por tragar, como malamente le permita su garganta purulenta, con lo absurdo de la Administración. En el límite de una desesperada apelación a la cordura, el joven exhala su última voluntad. “Mire, yo sólo quiero que me vean la garganta, de verdad”.

http://vagabundoperez.blogspot.com/

Vagabundo Pérez

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