Miguel Delibes, el hombre auténtico

Miguel Delibes«La novela es un intento de exploración del corazón humano a partir de una idea que es casi siempre la misma contada con diferente entorno»

La llegada de Miguel Delibes al ámbito de la Literatura se debió a un cruce de casualidades que redirigieron su existencia conduciéndola hasta una pasión creativa que han marcado tanto su trayectoria vital como profesional.

El estado de salud del escritor vallisoletano se complicaba desde las pasadas navidades. A sus 89 años, Delibes aseguraba ya en 2007, “no deseo ya más tiempo. Doy mi vida por vivida”. Y su voz, tanto la literaria como la personal, irremediablemente unidas hasta el final de sus días, se apagó el 12 de marzo de 2010.

Nacido en Valladolid el 17 de octubre de 1920, llevó consigo sus raíces castellanas allá donde estuvo. Fue el tercero de ocho hermanos y durante la Guerra Civil se enroló como voluntario en la Marina, viajando sobre todo por el Archipiélago Balear hasta que finalizó la contienda. Cursó la carrera de Comercio y posteriormente estuvo matriculado en estudios de Derecho y en la Escuela de Artes y Oficios, para empezar a trabajar desde muy joven como caricaturista. Gracias a esos primeros contactos en el ámbito de la prensa, con apenas 26 años Delibes ya estaba en posesión del carnet de periodista, y al poco tiempo comenzaba a publicar sus primeros artículos. A pesar de que su carrera parecía encauzarse en este ámbito, consiguió una cátedra en la Escuela de Comercio, por lo que abandonó la redacción para dedicarse a la docencia.

Pero tras contraer matrimonio con Ángeles de Castro, retomaría la que sería su verdadera vocación: escribir. En este sentido, Ángeles se reveló como toda una inspiración para el novelista, que no tardó en sumergirse en la escritura de su primera obra literaria, La sombra del ciprés es alargada, por la que además recibió el Premio Nadal. Todo parecía estar dispuesto en la trayectoria profesional del autor para que, después de diversas incursiones en diferentes campos, se centrara en la Literatura.

A los 30 años Delibes sufrió un brote de tuberculosis que cambiaría en cierto modo su perspectiva de la existencia. La obra El camino surgió como el producto de sus profundas meditaciones sobre la vida, entendida a través de la mirada de un niño. Por entonces el escritor ya había tenido tres hijos: Miguel, Ángeles y Elisa, todos ellos científicos, investigadores y estudiosos de renombre, como Germán, Juan y Adolfo, que nacerían posteriormente.

La obra de Delibes, que supo compaginar a la perfección su vida familiar con su faceta de escritor, fue muy prolífica, hasta el punto de que casi provocaba una obra por año. Eso no le impidió retomar su carrera periodística para continuar escribiendo en El Norte de Castilla, periódico en el que sería nombrado director en 1958.

En la década de los 60 Delibes comienza a viajar por numerosos países europeos y también visita Estados Unidos. Fue al regreso de este viaje cuando escribe su obra más importante, Cinco horas con Mario, para continuar después con libros de caza, viajes, cuentos y hasta un diario personal.

En 1973 se le adjudicó el sillón “E” en la Academia Española de las Letras, un orgullo que se vio truncado por el repentino fallecimiento de su esposa, apenas un año después. Miguel y Ángeles mantenían uno de esos matrimonios idílicos de musa y escritor, por lo que el suceso marcó profundamente a Delibes, que no detuvo nunca su producción literaria a pesar del vacío existencial que había dejado su esposa.

Las décadas de los 80 y los 90 supusieron una nueva etapa en la vida del escritor que comenzó a recibir numerosos galardones por su amplia trayectoria literaria, algo que, sin embargo, no modificó la personalidad de Delibes, acostumbrado a los placeres de una vida sencilla, en ocasiones algo huraña y, sobre todo, muy familiar. No es de extrañar que uno de los temas recurrentes de la obra de Delibes haya sido la búsqueda de la autenticidad de los seres humanos. Una búsqueda que en muchos aspectos está ligada a lo inevitable de la muerte -muy presente también en el autor- que llegó a asegurar que «Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales».

 

 

 

 

 

 

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