Miedo al microondas

MicroondasPocas cosas resultan más efectivas para desmentir las leyendas urbanas más extendidas acerca del uso del microondas que conocer el funcionamiento de este electrodoméstico. Entender qué son y cómo actúan sus ondas electromagnéticas es una condición indispensable para comprender por qué no es cierto que tengan efectos cancerígenos en los usuarios.

Por alguna extraña razón, los electrodomésticos han sido siempre una fuente inagotable de leyendas urbanas, acaso porque el progreso siempre genera ciertos “miedos” que, si no se explican a tiempo, terminan pasando al terreno pantanoso de los falsos mitos.

Una de las muchas leyendas urbanas relacionadas con este tipo de aparatos es la de que el microondas puede provocar cáncer en lo usuarios, tanto por la radioactividad que se genera para calentar los alimentos como por los cambios químicos que se producen en los alimentos calentados. Pero, ¿existen motivos para tener miedo? En absoluto, pero vayamos por partes.

En primer lugar, es falso que estar cerca de un microondas en funcionamiento pueda tener algún tipo de “efecto secundario” en las personas. Las microondas son ondas del espectro electromagnético, es decir, son radiación. Pero por “radiación” no hemos de entender que nuestro electrodoméstico es un aparato nuclear. Y es que dentro de estas ondas hay unas muy energéticas –como los rayos gamma- y otras de bajo nivel –como la luz que ven nuestros ojos-. Las ondas que genera el microondas tienen una potencia tan limitada que lo único que pueden hacer es calentar, y lo hacen dentro de una caja de metal que rebota esas ondas y que impide que salgan de ahí, puesto que no pueden penetrar en el interior de los metales. En el supuesto caso de que nuestro microondas tuviera una “fuga” de esas ondas –algo muy poco probable- habría que tener en cuenta  a qué distancia nos encontramos y durante cuánto tiempo estamos expuestos a  dicha radiación que, en cualquier caso –y entiéndase que esto es prácticamente imposible- nos provocaría una quemadura. Las microondas no tienen una intensidad increíblemente alta como para provocar una variación en la estructura de nuestro ADN, que es lo que provocaría cáncer. De hecho, a diario estamos expuestos a otras fuentes de radiación -naturales o no- que no resultan perjudiciales para el organismo.

Por otro lado, tampoco los alimentos que calentamos en el microondas sufren una extraña y dañina transformación durante el tiempo que son expuestos a esta “radiación”. La potencia de un microondas sólo es capaz de “alterar” las moléculas de agua presentes en los alimentos haciendo que estas se “froten” unas con otras, produciendo su calentamiento. Evidentemente, ese cambio de temperatura provoca cambios en los alimentos: exactamente los mismos que si los calentamos en un fogón normal. Las ondas electromagnéticas “alteran” las moléculas de agua exclusivamente durante su tiempo de exposición a las mismas, por lo que una vez que el microondas se detiene, la radiación se detiene, pero las ondas no penetran en los alimentos y se quedan escondidas para siempre en su interior. La única diferencia es que habremos obtenido un alimento caliente.

La Ciencia tiene muchas maneras de sorprendernos, pero nunca con un “truco de magia” ni con un temor infundado y falto de rigor.

 

Fuente: www.cancerhelp.org.uk

 

 

 

 

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