‘Midnight in Paris’, el regreso de Woody Allen

Medianoche en ParísEl director estadounidense vuelve al estilo de sus comedias más brillantes con una película hecha por y para nostálgicos.

Woody Allen parece ironizar sobre su propio regreso a la gran pantalla con una película en la que deja claro que sigue siendo capaz de hacer cine ahora igual que como lo hacía ayer. Para todos los que pensaban que cualquier tiempo pasado fue mejor, Midnight in Paris es una ‘bofetada’ con la que el director deja claro que la genialidad es una cuestión intemporal, y así lo refleja en esta comedia que es en sí misma el ‘metarrelato’ de la vuelta del Woody Allen de siempre y en todo su esplendor.

El detonante de la trama es, como su propio nombre indica, una medianoche en la que el protagonista se encuentra vagando por las calles de París y descubre una ‘puerta’ para retroceder a la época en la que, según siempre ha creído, le hubiera correspondido vivir y encontrar la plenitud de la existencia.

Ésta es la fórmula de escape de un guionista de cine reconvertido a escritor -Owen Wilson- que trata de llevar a buen puerto su primera novela pero que no encuentra en su época ni la inspiración ni la motivación suficientes para sacar adelante este sueño. Cada vez con más dificultades para vivir en su propia realidad -donde únicamente se encuentra con las banalidades del día a día y la superficialidad de una relación sin amor- descubre que su hueco para ‘ser’ está en ese otro lado y en la ilusión de que podría ser feliz en una época en la que no le correspondió vivir.

Pero tal vez la idealización del protagonista no sea tanto una nostalgia por el pasado como una nostalgia proyectada hacia el futuro y hacia todo lo que no será capaz de experimentar en el tiempo que le queda por vivir. En este sentido, la película termina convirtiéndose en todo un discurso aleccionador acerca de por qué es necesario crear desde el hoy y el ahora y confiar en que todavía es posible hacer algo grande, digno de ser recordado y envidiado por las generaciones futuras.

Todo ello aderezado con una buena dosis de ingenio, de humor y de personajes secundarios carismáticos que comparten a través del tiempo un espacio común en el que se conserva la esencia de las épocas pasadas y de las que están por venir. Y es que, afortunadamente, siempre nos quedará París.

Celina Ranz Santana

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