Mi amigo Cipriano Salcedo

El HerejeCarlos Castañosa

Si no fuera por detalles de higiene, me hubiese gustado vivir en aquella época y coincidir con Cipriano, el gran personaje de D. Miguel Delibes. Un hereje bondadoso que hoy sería buena lección para mí y para algunos coetáneos, necesitados todos de un espejo donde poder mirarnos y decir: “éste soy yo”.

Cipriano Salcedo, enmarcado en un escenario del siglo XVI, nuestra supuesta Edad de Oro, proyectó su vida según el dibujo de su autor, bajo la descripción de un personaje que mucho tuvo que ver con la sensibilidad y gusto por la vida del propio escritor.

Pobre Cipriano… con todo en contra desde su cuna, exento de afectos e ingresado en un orfanato tras la muerte de su madre en el parto, y el repudio de un padre que lo culpaba de su viudedad acusándolo de parricida; sólo encontró amor en brazos de su joven nodriza cuando bebé y, años más tarde, la pasión de reencontrarla. Su posterior madurez, de aspecto mínimo, pero dotado de gran fuerza física en músculos imperceptibles cobijaba, además, un enorme potencial de sentimientos que repartió por doquier con gran sensibilidad y amor al prójimo; sin rencores ni deudas por cobrar.

Con mente abierta y conciencia limpia asumió las corrientes reformistas que venían del norte de Europa. Primero fue Erasmo, y después, con mayor énfasis, Lutero en su confrontación con la Santa Sede y con el mercadeo que, en nombre de Cristo, santos y vírgenes, se había montado con indicios de fetichismo pagano. Así lo percibió él a grandes rasgos, como cualquier mortal de entonces, propenso a cultivar el uso de razón.

 

Mi viaje a “entonces”:

Me crucé con él y su caballo en la vereda saliente de la ciudad de Medina del Campo. Se detuvo a pocos metros y volvió grupas hacia mí.

– Dios os guarde, forastero, ¿acaso me buscabais?

– Sí – le respondí -, si vuesa merced es don Cipriano Salcedo.

– A fe mía que así es. Tal es mi nombre…

Apeose y me acogió con afable saludo destocándose del cobertor de lana.

– Caminemos, hermano – me invitó – os estaba esperando tiempo ha, desde un sueño que me anunció la llegada de vuesa merced.

– No vayáis a creer que soy un ángel o aparición celestial…

– No os confundáis, hermano – respondió – Me consta que las reliquias de plumas que dicen pertenecer a las alas del ángel que se apareció a los pastores de Belén, o al arcángel san Gabriel y hasta al Espíritu Santo, tienen la misma entidad que el prepucio disecado de Nuestro Señor Jesucristo del que, como reliquia, existen varias muestras en Roma, Burgos, en Nª Sª de Auvernia y otros lugares santos donde son motivo de absurda veneración. O los clavos y astillas de la cruz original, que andan desperdigados por santuarios y ermitas, cuyas cantidades agrupadas podrían servir para construir una gran catedral.

– ¿Os parece, pues, que todo esto es objeto de mercadeo y motivo de idolatría?

– Ambas cosas; pues los intereses materiales en que ha degenerado el dictado de los evangelios necesitaban esta reacción que estamos gozando y sufriendo algunos, como los primeros cristianos que, en las catacumbas, escondían su fe para que un Santo Oficio no los arrojara a los leones. Quizá no entendáis la diferencia entre fieras y hoguera, ni de la Inquisición con Diocleciano. ¿Será porque vos venís de demasiado lejos o de un lugar muy alto?

– Tal vez sólo sea una cuestión de tiempo – intenté aclararle…

– ¿De tiempo…?

– Sí, señor Salcedo; la distancia que da la numeración de los siglos. Imagine vuesa merced que pudiera viajar hacia tres siglos atrás y rendir pleitesía a Alfonso X el Sabio.

– Si pudiera retroceder tanto – contestó riendo -, no sería a ese siglo ni con tal objetivo. ¿Acaso decís que vuestra visita viene de otro tiempo más allá del presente?

– No podemos saberlo ni vos ni yo – le dije apoyando mi mano en su hombro –, pero este encuentro mágico lo había imaginado desde que pude reconoceros en un libro.

– Vive Dios entonces, que los milagros existen. Pero, hermano mío – me espetó – que esto no lo sepa el Santo Oficio por lo que tiene de hechicería. Sabed que ambos terminaríamos chisporroteando entre yesca prendida y aplaudidos por la plebe. No el vuestro, pero sí mi destino será la hoguera, sin la clemencia del garrote previo que me evite sentir las llamas en mi carne todavía viva. Cuando llegue ese momento, no me amilanaré, pues como Nuestro Señor Jesucristo nos redimió en la Cruz para librar a sus hijos de la pena eterna, no tiene sentido que existan infierno ni purgatorio en otra vida. Así lo mío, sólo será una breve agonía como castigo a mis pecados terrenales…

– Le interrumpí – No será justo por cuanto vuestra vida ha estado jalonada de bondades y sentimientos de amor, aun cuando desde la lejana infancia adolecisteis de un entorno desafectivo, sin madre, con un padre obtuso y mezquino, en un orfanato desde el que sólo os iluminaba el rayo de luz de aquella joven nodriza que sí os amó y a la que tanto amasteis. Todo estaba a favor de que fuerais un ser malvado y con una vida plagada de perversidad y resentimientos; empero, siempre pensasteis en el prójimo, cualquiera fuere su condición, para compartir vuestra bondad.

– Pero también fui pecador por tres veces en mi vida – abrillantáronse sus ojos al hilo de la confesión – : por odiar a mi padre; porque no supe amar a mi grandiosa esposa Teodomira, enorme por fuera e inmensa por dentro, tan grande que me vino grande. Incestué con mi amada Minervina, la nodriza soñada, el amor de mi vida. Y por último, proscrito me hallo por hallar la fe en lugar distinto del señalado; pero si esto fuere pecado, de éste no me arrepiento.

– Hermano Cipriano, en los sentimientos no se manda, como no se manda en una calentura de fiebre o sobre el frío del invierno. Se podrán abrigar los temblores o aliviar el calor de la frente con pócima hirviente, pero el frío seguirá afuera y las hierbas dejarán de facer efecto. Las realidades son incuestionables.

– Sí, amigo mío – respondió meditabundo – pero la conciencia tiene cuerpo. En ella pueden sentirse el frío y el dolor, y la intensidad del sufrimiento interior depende de la debilidad o fortaleza del espíritu enfermo.

– Pero vuestro interior, alma o conciencia, es fuerte y saludable, según dictado de la valentía con la que habéis asumido el nuevo cristianismo liberado de miserias mundanas, aun cuando intuís vuestro destino en la hoguera de los herejes.

– Conservo fuertes músculos que serán torturados para descoyuntarme el pensamiento y poner a prueba mi lealtad a los correligionarios. Algunos de ellos me traicionarán, pero mi fidelidad a los principios y a mi fe será inamovible como roca granítica incrustada en la tierra, y tan férrea como los grilletes que me atenazarán el alma.”

– Yo no acepté la nueva doctrina por soberbia, codicia o vanidad, señoría. Simplemente me encontré con ella. Pero no me resistiría a apostatar si vuestra reverencia me convenciera de mi error, aunque nunca lo haría por salvar la vida.”

Aquella declaración ante el tribunal de la Santa Inquisición me pareció el pensamiento más emocionante jamás pronunciado con voz tan alta y limpia. Marcó el punto de mi regreso. Me había quedado hasta ese momento para poder escuchar en vivo aquel sublime discurso, por mí leído cinco siglos después en letras de imprenta. Y aquí he vuelto ahora para reescribir en papel lo que hace quinientos años dijo Cipriano desde su límpida conciencia, con mirada clara de ojos fijos en los del inquisidor que, ya desde antes, lo tenía condenado.

Regreso con un equipaje digno de ser mostrado en cualquier mercadillo. Traigo algunos valores: lealtad, respeto, principios, dignidad, nobleza, honestidad, honor.

¡¿Quién compra?!…

 

 

 

Carlos Castañosa

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