Mary Shelley, la creadora de la ciencia ficción

Mary Shelley“Había perdido mi inclinación a la bondad, y en mi interior todo se había vuelto hiel y amargura. Cuanto más me acercaba a tu morada, más hondamente sentía arder el espíritu de la venganza en mi corazón” Frankenstein – Mary Shelley

 

La prolífica carrera literaria de Mary Wollstonecraft Shelley -más conocida como Mary Shelley- quedaría auto eclipsada por una novela gótica en la que se encuentra una importante parte de las raíces del género de la ciencia ficción. Fue Frankestein, su novela más conocida. Sin embargo, la obra de Mary Shelley abarca una gran cantidad de publicaciones –ensayos, biografías, teatro…- en los que la escritora londinense dejó la impronta no sólo de su estilo literario sino de unas ideas no del todo acordes con la época en la que habría de vivir.

 

No es de extrañar que las ideas de Mary Shelley fueran tan revolucionarias, puesto que fue educada por su padre, el filósofo y librepensador William Godwin,  ya que su madre, la escritora feminista Mary Wollstonecraft, había fallecido tras dar a luz. Así es que, aunque Mary nunca conoció a su madre, la educación que le fue inculcada y el círculo de intelectualidad en el que creció, le hicieron retomar temas que se salían de lo que hubiera sido adecuado para una señorita de la época y que trata con sutileza, sin que parezca el tema principal de su obra, sino una consecuencia de la misma. Cuestiones como la cotidianeidad, la familia, la mujer, la maternidad… se manifestaban entre líneas para sacar a relucir una personal contradictoria, debatiéndose siempre entre el radicalismo liberal de su padre y la defensa acérrima del decoro social.

 

Mary Shelley había visto mundo y sólo con eso ya era “diferente” a sus coetáneas. Esas ansias de conocimiento se volverían más intensas cuando comienza su relación con Percy Bysshe Shelley, al que conoce en uno de sus viajes a Escocia, y que por entonces ya estaba casado con otra mujer. Se cuenta que la pareja se encontraba secretamente en la tumba de la madre de Mary ya que, a pesar de que Percy era seguidor de las ideas del padre de Godwin, éste no aprobaba la relación entre su hija y el joven poeta. Esto provocó que Shelley escapara a Francia con Mary y con la hermana de ésta, iniciando una aventura que les llevaría a recorrer diversos países de Europa en una etapa que, para la escritora, fue como “vivir una novela, encarnar un romance”. Así es que la carrera literaria de Mary arrancó verdaderamente tras su regreso a Londres que no estuvo exento de dificultades, ya que al hecho evidente de que las relaciones con su padre se habían enfriado, Mary estaba embarazada de Percy.

 

La vida de Mary tras su regreso a Londres estuvo llena de dificultades. Por un lado, la pareja estaba arruinada y, por otro lado, acababa de nacer el hijo entre Percy y su esposa, y a Mary no le quedaba más remedio que aceptar la nueva situación. Fueron años tristes para la escritora que, tras la pérdida de su bebé –que había nacido de forma prematura- se sumió en una profunda depresión. Mary y Percy consiguieron remontar y tuvieron otro hijo, William, con el que viajaron a Ginebra al poco de nacer, para pasar las vacaciones junto al poeta Lord Byron. Aquel verano marcó la existencia de la escritora hasta el punto de asegurar que “fue el momento en que por primera vez salté de la infancia a la vida real”. Y fue también allí, durante aquellos meses en los que se pasaban largas noches navegando y conversando, cuando Mary concibe la idea de Frankenstein y la convierte en un cuento que, después de ampliarlo, vería la luz como novela en 1818. La novela se publicó anónimamente y los críticos dieron por hecho que se trataba de una obra de Percy Shelley.

 

Pero el regreso a la realidad volvería a ser accidentado. La hermana de Mary se suicidaría y también la esposa de Percy, y ambos acontecimientos serían encubiertos por la pareja. También fallecerían por entonces los dos hijos de Percy y Mary, y ésta entraría de nuevo en una depresión que la aislaría del poeta para volcarse por completo en lo único que conseguía consolarla: la escritura. La pareja volverá a experimentar un nuevo cambio de aires cuando se establece en Italia, donde nace su cuarto hijo, Percy Florence. Ambos retoman además sus actividades creativas e intelectuales con mucho entusiasmo e inician una nueva etapa en sus vidas, no exenta de rumores sobre las posibles relaciones entre Percy y la hermana de Mary y de otros escándalos más relacionados con el ámbito político. La relación de la pareja se volvía cada vez menos estable y la salud de Mary empeoraba por momentos. Se había convertido en un ser triste y débil, nada preparado para lo que el destino le deparaba: la trágica muerte de Percy, que se ahogó después de que naufragara el velero en el que viajaba.
Mary Shelley y su hijo se ven obligados a reconstruir sus vidas en solitario y, sorprendentemente, la escritora lo logra. Decide regresar a Inglaterra y compagina su trabajo como editora con nuevos proyectos como escritora, y además ayuda a publicar a los jóvenes talentos femeninos de su época. Hasta el fallecimiento del abuelo de Percy Florence no logra ser económicamente independiente, pero sí ha conseguido hacer frente a las deudas que había ido acumulando la familia. Son años en los que la principal prioridad en la vida de Mary es el cuidado y la educación de su hijo. La relación entre ambos fue tan especial que, en cuanto Percy Florence acabó la Universidad, se fue a vivir con su madre.

 

Pero cuando ya parece que la vida recupera la ansiada estabilidad que siempre había perseguido Mary Shelley, ésta cae enferma, sufriendo dolorosas migrañas que en ocasiones le impiden leer y escribir y que además le provocan ataques de parálisis. A los 53 años de edad, Mary Shelley fallece, víctima de un supuesto tumor. En su escritorio no dejó cuadernos en blanco ni líneas a medio terminar. Sin embargo, dejó pequeños pedazos de su vida incompleta: cabellos de sus hijos fallecidos y una página envuelta en seda que contenía las cenizas de Percy.

 

 

 

 

 

 

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