‘Marte’

Ridley Scott regresa regurgitando ciencia

Como la mayoría de los mortales no tenemos ni idea de cuáles son los riesgos de quemar una mezcla de hidracina con cinc, Ridley Scott nos la puede pegar fácilmente con esto o con todo lo que se le ocurra. Probablemente lo de cultivar papas en un terreno de cuatro centímetros de grosor vaya más allá del entendimiento científico, pero es cierto que no desentona con el conjunto de la película, cuyos personajes son tan superficiales como sus cultivos de tubérculos.

El director británico nos ha vuelto a colar una patata de 144 minutos de duración en escenarios marcianos, pero la historia que nos cuenta tiene tan poca inteligencia emocional que podría haber sucedido en el huerto de la tía Paca. Durante una impresionante tormenta, el equipo del Ares III decide abortar la misión y regresar a la Tierra. Mientras intentan escapar, uno de los miembros del equipo, el botánico Mark Watney –Matt Damon; Invictus, Contagio, Más allá de la vida– sufre un accidente y sus compañeros lo dan por muerto, emprendiendo sin él el viaje de regreso. Cuando Mark despierta en mitad del inhóspito desierto marciano ha de enfrentarse al reto de la supervivencia en un planeta desolado y sin apenas recursos para sobrevivir, donde la ayuda más cercana se encuentra a demasiado tiempo y demasiados kilómetros.

Una historia de superación que me supera

A partir de este momento comienza la historia de superación Mark, o un episodio de Mc Gyver y El último superviviente con explicaciones de documental científico de La 2, espíritu de superación americano y chistes de No te rías que es peor. ¿Género de la película? Género Ridley Scott, por supuesto. El director se mete todos estos ingredientes en la boca -a puñados, ¡que no falte de nada!- y luego los regurgita en esta película para que el espectador no tenga mucho que pensar, no vaya a ser que le de por encontrarle trasfondo a la historia o, aún peor, emocionarse con ella.

El optimismo de Mark Watney en Marte sólo es superado por su vocación docente porque, como está solo en el planeta, el chico tiene que explicarlo todo en plan “Hágalo usted mismo en casa, con un poco de humor, un doctorado en Botánica y mucha cinta americana. ¡Y no olvide apagar el condensador de fluzo antes de irse a dormir!”. Y está tan ocupado con sus cositas de científico chistoso que no le da tiempo de expresar la angustia de haberse quedado abandonado en un planeta a miles de kilómetros de su hogar. De hecho, te da por pensar que este chico en la Tierra no tenía demasiado que hacer y que se lo pasa mejor en su huerto marciano que de cañas con los amigos.

De la tensión de Alien al sopor de Marte

Aunque el abandono es el motor de arranque de Marte, desde el punto de vista emocional la película no termina de despegar. A pesar de tener los medios y la idea original para convertirse en una buena película, Marte no conmueve como Náufrago, ni sorprende como Interestellar ni angustia como Gravity ni intriga como Moon. Esto se debe a que la historia carece de lo más importante: trasfondo. Más allá del pretexto no hay un tema, una filosofía, un sentimiento. Por eso Ridley Scott se siente en la obligación de explicarlo todo y meternos con calzador unas cuantas elipsis con las que justificar el paso del tiempo. Si tuviéramos que fiarnos por el desgaste físico o mental del protagonista no tendríamos ni idea de cuántos soles lleva abandonado en el planeta. Siempre encuentra una solución para todo y llega un punto en el que, aunque ya no pudiera hacer nada, no tiene demasiado interés. Acabas dando por hecho que sacará un trozo de cinta americana, o una llave Allen o un martillo percutor y se hará un invernadero con riego por goteo. Y así es como Marte termina siendo un lugar menos inhóspito que cualquier pueblo de Soria y hasta más apropiado para el cultivo de papas.

 

 

Celina Ranz Santana

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.