Malditos bastardos

Malditos bastardosCreo que con Pulp Fiction el cine de este director alcanzó su máximo nivel. Y creo que se debe a una sencilla razón que se observa en cada una de sus películas, que es la que le hace grande y que en aquella película alcanzó su perfección: el mimo hacia la escena.

Si observamos las películas de este moderno –en el mejor de los términos- cineasta nos daremos cuenta de que las escenas no están simplemente colocadas para llegar a un fin, como meros enlaces para alcanzar un objetivo. La escena Importa. Cada escena es un fin en sí mismo, una película en sí misma (qué podría hacer este hombre si le diera por ponerse a rodar cortometrajes) y esa es su grandeza. Pequeñas y preciosas películas dentro de la película. Como esas muñecas rusas que incluyen pequeños clones en su interior, completas y modeladas con el mismo mimo que la muñeca nodriza.

Cuando Tarantino concibe una escena, se deja la piel en ella. Le imprime textura, emoción, ritmo, la llena de significado y estética para, una vez terminada, pasar a otra escena a la que le prestará de nuevo su máxima atención. Todo esto puede parecer simple pero no lo es en absoluto, creo que en la mayoría de los casos las escenas están concebidas como dentro de una especie de plan de montaje en el que las partes son sólo eso: partes de un todo, moléculas de un organismo mayor, que sólo cobra sentido en su conjunto. En el cine de Tarantino cada una de esas moléculas es un organismo vivo y completo. Las buenas escenas hacen grandes a las películas. Cuando recordamos una película que nos ha impactado, que forma parte de nuestra educación sentimental solemos evocar sólo determinados momentos que se han grabado en nuestra experiencia cinéfila. Podemos olvidar por completo el resto de la película pero “ese momento” queda ahí, grabado a fuego. Si tengo que evocar Seven, de David Fincher, a mi memoria acudirá indudablemente el final, uno de los mejores finales que jamás se han escrito y filmado. Lo primero que viene a mi mente de Amor a quemarropa (escrita por Tarantino) es la tensa y divertidísima escena entre Dennis Hopper y Christopher Walken en la caravana del primero. Los que hayan visto la película la recordarán. Taxi Driver es deNiro hablando frente al espejo. La reina de África es Bogart empujando el bote dentro del río. Así son los recuerdos de las películas. Al menos los míos.

Malditos bastardos sigue demostrando ese amor por la escena, esa tensión imprimida a cada parcela de la historia. Claro que hay moléculas mejores que otras, organismos más vivos que otros dentro de la estructura general de esta historia. Y yo ya tengo la mía, la que evocaré dentro de unos años cuando piense en la película.

Alberto García

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