Magníficas imágenes de cine

El dulce porvenirAlberto García

La cara de una niña inocente mirando a cámara. Junto a ella, la mano de su padre con un cuchillo limpio en la mano. Es una imagen tan potente que sobrepasa cualquier expectativa de diseño visual. Una imagen poética y aterradora, sobre todo para los que somos padres. Una imagen descrita así, omitiendo su sentido, puede parecer simplemente escalofriante. Pero es la máxima expresión del amor.

Porque se trata de un padre que se enfrenta a la posibilidad de tener que hacerle una traqueotomía de emergencia a su pequeña hija que está sufriendo los síntomas de una picadura que le ha provocado una reacción alérgica que puede, si el padre no la logra mantener calmada, cerrarle la tráquea y por tanto dejar de respirar. La imagen pertenece a El dulce porvenir, la película de Atom Egoyan que vi hace unos días y que entre otras cosas se caracteriza por estar llena de imágenes dotadas de una gran sugestividad poética.

Tengo la impresión de que esta bella imagen no se borrará fácilmente de mi memoria cinematográfica y por lo tanto, de mi memoria personal. Es muy difícil encontrar imágenes de este tipo, que en sí mismas estén preñadas de significado. Pero cuando ocurre es como encontrar un pequeño milagro. Tenemos cierta tendencia a valorar las cosas de una manera integral: esta película es buena o es mala, este tipo es así o asá, aquella experiencia fue blanca o negra. Sin embargo, como todos sabemos pero nos cuesta demasiado reconocer porque somos unos comodones cabezas cuadradas, la vida está llena de matices. Yo no sé si El dulce porvenir es o no es una película magnífica pero al menos tiene una imagen que sí lo es.

Conseguir una imagen de ese tipo es, como he dicho, un pequeño milagro. Como en la vida, se tienen que dar un buen número de coincidencias y circunstancias para que esa imagen cobre vida. Por supuesto una imagen no le dice lo mismo a unos que a otros. A veces incluso se trata de imágenes un tanto inconcretas o que nosotros hemos trastocado a posteriori. Por ejemplo, para mí Criaturas celestiales es Kate Winslet corriendo por la hierba pero no metería la mano en el fuego en este momento para asegurar que en esa película la actriz más interesante del planeta corrió por la hierba. Al menos no sé si corría de la forma y en el contexto en que yo lo recuerdo. Para mí el cine de Jim Jarmusch es dos tipos en blanco y negro sentados en la calle hablando de cualquier cosa en un plano fijo. Quizás pertenezca a Extraños en el paraíso o a Bajo el peso de la ley. Quizás era Tom Waits uno de los tipos. Quizás no. Qué tiene de especial para mí dos tipos en blanco y negro hablando de cualquier cosa en un plano fijo mediante un tempo lentísimo es algo que no puedo explicar. Pero para mí es fascinante.

Hay imágenes para todos los gustos. Los gustos no son una cosa democrática, como ya se sabe. Y yo creo que en el fondo esto del arte no es más que una excusa para conocerse a uno mismo, porque somos tan idiotas que necesitamos desviarnos del camino para volver a casa. Nos asustan los espejos. Aunque es posible que no se hayan inventado espejos de instrospección y por eso inventamos el arte. De manera que me gustaría saber qué clase de tipo es este en cuya memoria se quedan grabadas imágenes tan dispares como John Travolta y Samuel L. Jackson caminando por los pasillos de un edificio de apartamentos hablando de amantes, de masajes en los pies y de tipos lanzados por una ventana. O chicas con volátiles vestidos de inocencia tras hacer un Picnic at Hanging Rock. De un suicida con una piedra atada a los pies a punto de lanzarse por el río Hudson en The Fisher King. Un negro disparatado cruzando una autopista a toda velocidad por amor al cine en Bowfinger. Humprey Bogart empujando el Reina de África mientras las sanguijuelas le atacan las piernas por amor a una casi desconocida Katherine Hepburn. El peor y el mejor director del mundo charlando de sus problemas comúnes para hacer cine en Ed Wood. Un enano cabreado porque le hacen interpretar el papel de un enano en el sueño de un personaje aludiendo a que nadie sueña con enanos, en Living in Oblivion. Un músico sentándose a tocar el violonchelo en una silla durante un desfile de la banda de su barrio en Toma el dinero y corre. Gente sencilla en una iglesia en Los comulgantes. Un hijo cuidando a su madre como antes ella le cuidó a él en Madre e hijo. Indiana Jones disparando con su revólver a un excéntrico árabe que momentos antes hacía alarde de su destreza con la espada. Una mujer desesperada pidiendo medicamentos en Magnolia. El gemelo aparentemente tonto revelándole la verdad de la vida al gemelo aparentemente listo en Adaptation. Los hermanos Marx cantando una canción sobre una chica tatuada en Una tarde en el circo.

Voy a parar. Quizás algún día debería coger estas películas y muchas otras y hacer un montaje de lo que sería el trailer de mis mejores recuerdos cinematográficos. Y quizás, sólo entonces, empezaría a ver una pequeña parte de mí en el espejo.

 

 

 

Alberto García

 

 

 

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