Madre e hijo

Madre e hijoLlegó a mis manos por casualidad, como llegan tantas cosas buenas. La vi y parecía que no pasaba nada, como ocurre cuando pasan muchas cosas. Parece que no cambió nada en mí. Y, sin embargo, la recuerdo como una de mis mejores experiencias cinematográficas.

Esta semana no he podido ver ninguna película. De nuevo, como en otras ocasiones, tiro de archivo. La memoria es como un enorme podium en el que nuestra visión sólo puede vislumbrar lo que está arriba, en el número 1, en el lugar privilegiado de esa gran carrera de recuerdos. Los primeros no son los más recientes, sino los más destacados, los que, por algún motivo a veces impenetrable se han instalado ahí, desechando los recuerdos nimios de nuestra escala particular de valores.

La película es Madre e hijo, de Aleksandr Sokurov. Llegó a mis manos por casualidad, como llegan tantas cosas buenas. Hay que prestar atención a veces a lo que nos pasa para lograr darle un empujón a estas cosas al puesto más alto del podium. Porque si no, ocurre lo que decía John Lennon: “La vida es eso que ocurre mientras estamos haciendo otras cosas”.

No ocurre nada y ocurre todo. Poco más de una hora de película con un guión que no debía de tener más de diez páginas, calculo. Pero diez páginas donde estaba contenido el mundo entero. Se han estudiado hasta la saciedad los temas que toca el cine: que si el western sólo tiene siete argumentos, que si el cine sólo maneja nosécuántos.  Esta película contiene un argumento, una idea básica y profunda de la condición humana. Nuestra relación con nuestra madre. Lo que viene a significar nuestra relación con la vida.

En la película un tipo que cuida de su madre cuando ésta está llegando al final de su vida. Y eso es todo. Un hijo que cuida de su madre como ella entendemos debió de cuidarle a él cuando era un bebé. El hijo recompensa lo que ella hizo por él. Así que re-equilibra la naturaleza. Podría ser un magnífico argumento para todos aquellos pseudos-autores que persiguen desesperados brindar un “mensaje” con sus películas de eso que llaman cine social. Pero esto es mucho más, sin verborrea, simplemente con imágenes pues apenas hay diálogos en ese poco más de una hora de metraje, nos muestra la esencia del mundo. Lo más básico, lo más primario. Lo más real. Como en aquel cuadro maravilloso por su sencillez: El origen del mundo, de Courbet. Los que no lo conozcan, búsquenlo en Internet y ríanse a gusto, que es sano. Ríanse pero ahí está nuestra génesis, lo que nos une a todos como seres humanos. Y ahora recuerdo también (hoy tiro mucho de archivo) una frase que dijo un día Paco Rabal en un programa de televisión: “Todos nacemos del mismo agujero y vamos a parar al mismo hoyo”.

El cine debería hablarnos de aquellas cosas que nos son comúnes, debería hacernos entender cuáles son nuestros agujeros y cuáles serán nuestros hoyos. Porque a veces no lo sabemos o lo hemos olvidado.

 

 

 

Alberto García

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