‘Luces rojas’

 Luces rojasTodos pretendemos ser lo que no somos.

No es mi intención que llevarle la contraria a las críticas que leo en otros portales dedicados al cine se convierta en la tónica de lo que escribo cada semana, pero es que últimamente no puedo más que ponerme del lado del público que comparte la idea de que el ir a ver una película al cine no tiene por qué ser única y exclusivamente un ejercicio artístico, filosófico, metafísico e intelectual. Está en la naturaleza del ser humano el gusto por escuchar historias sin necesidad de ponerse demasiado ‘estupendos’ para tener una historia comprensible y entretenida, capaz de cubrir esas necesidades de la imaginación.

Por eso cuando me disponía a escribir este artículo y he repasado lo que los expertos en cine han declarado acerca de la Luces rojas, me he sorprendido. Por una vez pensaba que iba a coincidir con esas opiniones, pero no, es una crítica más en la que me veo obligada a defender esta película ante la crítica profesional. Y no utilizaré argumentos complejos para defender la tesis de que Luces rojas es una buena película y merece la pena ir a verla.

Rodrigo CortésBuried, Concursante– se consolida como un experto a la hora de generar y mantener la tensión durante toda la cinta, sin agobios y sin lo tedioso del susto fácil o la sorpresa incongruente. El director gallego demuestra en Luces rojas que su ‘don’ para contar historias no era algo casual, maquillado por una buena campaña de marketing y con el respaldo de unos cuantos amiguitos del mundillo –como sucede a menudo con las películas que, sin aportar demasiado, se convierten en un éxito para la crítica-. Al final no es tanto el hecho de contar las cosas de una manera innovadora, con más o menos recursos o técnicas que se alejen del ámbito comercial para indagar en ese estadio del subconsciente al que ni siquiera todos los espectadores pueden acceder. Es, ante todo, tener algo que contar y, a partir de ahí, poner en marcha los medios necesarios para que ese argumento no sea volátil.

Cortés abarca en Luces rojas uno de tantos enfrentamientos polémicos que mantiene dividida a la opinión pública –casi del mismo modo que a mí me separa de la opinión de los críticos de cine-. La base es bien sencilla: ciencia y fe. Una parapsicóloga –Sigourney Weaver, Avatar– y su ayudante –Cillian Murphy, 28 días después– investigan casos paranormales intentando descubrir, desde el enfoque científico, que es lo que hay detrás de la aparente realidad de esos sucesos. El regreso a escena de un famoso psíquico ciego que llevaba años retirado –Robert de Niro, Sin límites– se convierte en todo un nuevo reto para la pareja de investigadores, a pesar de que no parecen ponerse de acuerdo acerca de la que supone enfrentarse a un hombre tan mediática y socialmente poderoso como el psíquico.

En Luces rojas se nos muestra al ser humano como un animal que, más allá de toda demostración científica, tiene la necesidad de creer en algo para paliar el ‘dolor espiritual’ que no encuentra remedio en una fórmula científica, por más que esté comprobada. Pero la ambición, la búsqueda de notoriedad, el engaño y la falta de escrúpulos juegan en contra de esa irracionalidad que nos anima a creer en lo sobrenatural sin necesidad de poner en duda lo que perciben los sentidos.

La fe ciega y la deducción pura demuestran ser, por sí solas, igualmente incompletas. La primera, porque se queda flotando en la superficialidad de la apariencia; la segunda, porque no tiene en cuenta que para descubrir es importante no perder del todo la capacidad de imaginar.

Es curioso como en este enfrentamiento se plantea una misma búsqueda, aunque a través de métodos muy distintos. Pero al fin y al cabo, Luces rojas es tan solo la obsesión de encontrar respuestas. Argumentos que justifiquen por qué somos como somos y por qué a veces pretendemos ser lo que no somos.

Celina Ranz Santana

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.