Los Rodeos bajo mínimos. ¡Ya está bien!

Aeropuerto de Los RodeosCarlos Castañosa

Es información meteorológica habitual porque, a lo largo de estos meses, julio y agosto, los alisios pertinaces, suaves y cargados de humedad, asientan sus reales en la vaguada donde la leyenda cuenta que alguien dibujó una crucecita en el mapa para indicar que ahí, precisamente, no debía construirse un aeródromo. Algún otro genio, a posteriori, lo interpretó al revés; como el lugar idóneo marcado al efecto. Y así se gestó el primer campo de aviación en la isla de Tenerife.

El desvío de los tráficos al Reina Sofía por la reiterativa niebla del Norte se ha convertido en operación habitual, lo que supone una grave perturbación a varios niveles. El económico; con el perjuicio añadido para las compañías aéreas por consumo de combustible y mayor actividad de las tripulaciones. El deterioro de la puntualidad por acumulación de retrasos. El desprestigio empresarial como plus añadido El transporte por carretera tanto del pasaje que viene como del saliente. Pérdidas de equipaje facturado… Pero el daño más reseñable es el penoso servicio que reciben los pasajeros, no ya por la incomodidad que implica una operación tan ingrata, sino por el gran destrozo que supone la pérdida de enlaces trasatlánticos desde Madrid. Por no hablar de las cancelaciones cuando el retraso es tan grave que impide la continuación de la actividad de los tripulantes. Y todo bajo el pretexto de las malas condiciones meteorológicas de Los Rodeos. Es una excusa inaceptable por cuanto a estas alturas, cubierta la primera década del siglo XXI, este problema tendría que estar resuelto aquí desde hace tantos años, por lo menos, como en los aeropuertos de la Península que operan con el sistema automático de aterrizaje sin visibilidad, CAT III (Categoría Tres).

Los aviones actuales están diseñados y equipados para ello y las tripulaciones debidamente entrenadas para realizar dicha operación en equipo dentro de las más estrictas normas de seguridad. Solo es necesaria la instalación radioeléctrica en tierra que emita las señales de alta precisión que requiere la excelencia de una maniobra segura y de elevada calidad. También se necesita la voluntad política que a veces, muchas veces, casi siempre, diverge de los intereses de la población. Tras el cúmulo de agravios sufridos por esta resignada Comunidad Autónoma, a manos y bajo el despotismo avasallador de ese ente llamado AENA, ya sería hora de que nuestros responsables políticos se liberasen de su acostumbrada sumisión incondicional mediante un manotazo en la mesa que pusiera en su sitio a los directivos y responsables de una empresa estatal que, al día de hoy, se halla en estado de putrefacción manifiesta, tan evidente como la deuda reconocida de 14.000 millones de €. Una cantidad salvaje, generada en los tres últimos años por una gestión depravada, cuyo símbolo podría ser la torre de control que hace tres años se construyó en Los Rodeos con carácter de urgencia porque la vieja estaba inservible. Al día de hoy, sigue funcionando la antigua, porque la nueva se hizo tan mal que hay que demolerla. ¿Y esas ampliaciones?, ¿las segundas o terceras pistas, operativamente absurdas, tanto por la capacidad real de la Isla como por las previsiones de incremento de movimientos que deberían triplicar los actuales para justificarlas? ¿A quien beneficia tanta tropelía, similar a las muchas del mismo estilo que se han cometido en la Península? ¿Y esos daños colaterales; la destrucción sistemática de terreno agrícola, expropiaciones masivas e inhumanas, gestadas desde una esfera de poder cruel e ignominioso? ¿No merece la pena que nuestros políticos planten cara ya, para impedir despilfarros inservibles y obliguen a esos burócratas adscritos al Ministerio de Fomento a invertir lo justo y necesario para que el aeropuerto del Norte disponga de la operatividad que merece y que merecemos los ciudadanos tan ansiosos como estamos por merecer también a los políticos que nos representan?

¡Ya está bien de mentiras y paños calientes! Y que se dejen de maniobras especulativas tan dañinas para la población y tan inútiles como los propios gestores.

 

 

Carlos Castañosa

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