Los riesgos de la reforma ortográfica

LetrasCarlos Castañosa

Una señora de adelantada edad bajó a la capital, acompañada de su hija,  para visitar al médico por un problema intestinal que la tenía postrada. EL especialista, decidió que debía hacerle una laparoscopia y la citó para dentro de unos días. Escribió, junto con la receta de dos medicamentos, la pauta a seguir, que consistía en que tres horas antes de la visita debía desayunar un vaso de leche con dos o tres galletas.

La mujer acudió el día señalado a la consulta con un triponcio descomunal. El médico se alarmó al verla y preguntó a la hija qué había sucedido y si habían seguido las instrucciones escritas. Recibió un sí vacilante y sospechosamente dubitativo. El doctor insistió y la joven terminó confesando: “Verá señor. La leche se la tomó bastante bien; pero, al final, no pudo terminar las doscientas tres galletas que le recetó. Sólo llegó a ciento noventa y dos”. El médico no había acentuado la letra “o” entre las cifras 2 y 3. Las pobrecillas habían leído lo que ponía en el papel y lo cumplieron; o al menos, lo intentaron.

Por un acento de menos, casi se pierde una vida.

Hasta aquí, el medio chiste…

Ahora… Se ha creado una cierta alarma social – o mejor, ligera inquietud, para no exagerar –  ante la perspectiva de cambios que incomodan la inercia de nuestra rutina. Es el anuncio, pendiente de publicación, de los cambios ortográficos consensuados por las 22 academias de la lengua española, encabezadas por la Real Academia Española, en lugar preeminente por su antigüedad (1713) y por ser la única con el título de “Real”, pero que sólo representa a la décima parte de la población mundial de hispanohablantes.

La comunicación oral tiene prioridad sobre la escrita. Parece lógico, pues, que si la escritura es la representación gráfica de la expresión hablada, se escriba lo más parecido posible a cómo se pronuncia. Si el 90% representado por las demás academias de la lengua española, pronuncia “guion” como monosílabo, se ha creado un diptongo hablado que no acepta tilde en su ortografía. Pasará mucho tiempo, en cercanías, en que seguiremos pronunciando “guión”, aunque la nueva norma penalice el acento. Pero una lengua viva necesita evolucionar, adaptarse a la actualidad y ser controlada por quienes tienen encomendada la misión de limpiar, fijar y dar esplendor. Unificar los nombres de algunas letras y suprimir tildes no absolutamente necesarias, son medidas flexibles que modernizan y adaptan la vitalidad del idioma  a unas necesidades en las que rigidez y rechazo no convienen  a la buena salud de un valioso privilegio, cual es nuestra preciosa Lengua; que si bien en su escritura es propensa a algunas ambigüedades, y estas modificaciones no tienden a corregirlas, también es cierto que el uso de razón y la sabia resolución de las dudas dentro de su contexto lógico, la convierten en un idioma inteligente en el que será casi imposible que alguien se coma 203 galletas.

 

 

 

Carlos Castañosa

 

 

 

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