‘Los juegos del hambre’

Los juegos del hambreVeintiséis niños compiten por la supervivencia durante un programa televisado en un mundo devastado.

Cuando una sucesión de catástrofes asoló el planeta, el mundo, tal como lo conocemos, se convirtió en algo muy distinto. En Norteamérica, por ejemplo, nació una nueva forma de gobierno con reminiscencias orwellianas: el Capitolio. El nuevo Gobierno controla todo y a todos. Uno de los entretenimientos que el Capitolio ofrece a sus ciudadanos es una especie de reality televisado, ‘Los juegos del hambre’, en el que 26 jóvenes –de entre 12 y 18 años, 13 hombres y 13 mujeres-, son elegidos al azar en los 13 distritos en los que está dividido el país para participar en una batalla por la supervivencia en la que solo uno de ellos puede acabar con vida.

En realidad, el argumento elegido por Suzanne Collins para esta trilogía que comienza con Los juegos del hambre, no es tan novedoso si se tiene en cuenta la novela Battle Royal, publicada por el escritor japonés Koushun Takami en 1999 y llevada al cine un año después por Kinji Fukasaku. En resumen, un grupo de preadolescentes enfrentados entre sí en un mundo apocalíptico en el que solo hay esperanzas de vida para uno de ellos. Collins ha declarado en varias ocasiones que su trilogía –Los juegos del hambre, En llamas y Sinsajo– se inspira en la mitología griega y en cómo Atenas se vio obligada a mandar a niños a Creta para alimentar al famoso minotauro. Sin embargo, las referencias tanto al mundo de George Orwell en 1984 como al Battle Royale de Takami son bastante notables por lo que, además de la fama, a la escritora estadounidense le han llovido las críticas desde que en 2008 inaugurara esta trilogía, recientemente llevada al cine.

Con todo, las novelas de Collins también han despertado admiración no solo entre sus seguidores más fieles sino entre la crítica que, si bien lamenta que en ocasiones el estilo no esté a la altura de los esquemas de ‘calidad literaria’, coincide casi siempre en que la trama está tan bien construida que las novelas resultan altamente adictivas. Incluso Stephen King, que ha recalcado las evidentes similitudes entre las obras de Collins y su novela La larga marcha –de 1979- ha destacado la forma en la que la escritora logra generar un clima de tensión constante, probablemente lo más destacado de estas novelas que parecen haber ocupado el lugar que la saga Crepúsculo dejó en las estantería de los best-sellers para un público más bien adolescente.

 

 

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