‘Los descendientes’

Los descendientesEs más fácil odiar a alguien a quien no conoces que amar a alguien a quien conoces y que te ha hecho daño.

No es que el ser humano esté más predispuesto a un sentimiento que al otro, pero por algún motivo tiene casi tanta capacidad de odiar lo desconocido como de amar lo que forma parte de sus rutinas.

Los descendientes –que bien podría llamarse los ‘condescendientes’- es una película sobre aprender a perdonar, a dejar pasar, a que el mundo recobre su equilibrio sin que nos destruyamos en ese intento. Probablemente el perdón –hacia los demás y hacia uno mismo- es un proceso demasiado complejo como para esperar que nos atraviese sin más. Un proceso que puede ser más doloroso de lo normal cuando se ha de producir en situaciones extremas.

En la película de Alexander PayneEntre copas, A propósito de SchmidtGeorge ClooneyEl buen alemán, Buenas noches y buena suerte– no protagoniza el papel de su vida, sino la historia de su vida. Porque no es solo lo que le sucede a su personaje sino lo que acontece en todo ese entorno familiar que parece conformar un archipiélago de individualidades que, como islas solitarias, no son capaces de representar nada que trascienda. Con sus particularidades, forman parte de un todo.

Tal vez el mundo, más allá de la ficción de Los descendientes, es un poco así, y las grandes decisiones no dependen nunca de una única persona, sino de lo que representa como ‘isla humana’ en un mapa de sentimientos que a veces avanzan en la misma dirección, que a veces se separan y que en otras ocasiones se ven las caras en la violencia de los secretos que son descubiertos y de las mentiras que nunca debieron salir a la luz.

Payne trabaja muy bien esa confrontación entre las pasiones y lo racional, la fidelidad y la venganza, el amor y los afectos. Parece que detrás de cada una de esas palabras hay una intencionalidad, la mayoría de las veces inconsciente, de encontrar el perdón en uno mismo.

En Los descendientes, esos espacios de ‘nada’ existentes entre cada uno de sus personajes acaban acercándose como si entre ellos hubiera una fuerza de atracción, irracional pero necesaria, para dar sentido a la compleja situación que atraviesan.  Cuando Clooney descubre que su mujer, que se encuentra en coma después de un accidente, lleva meses siéndole infiel y con planes de divorcio, se encuentra a la deriva entre otros pedazos de tierra que flotan en un océano de contradicciones, debatiéndose entre amar lo que se ha vivido o bien odiar todo lo que queda por venir.

Un conflicto difícil que Payne resuelve con varias bofetadas emocionales, de la risa a la lágrima contenida, para concluir en que todas las historias, por extrañas que resulten, tienen solución si estamos dispuestos a dejar de ser pedazos de tierra rodeados de nada.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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