Los brotes negros del monte quemado (1)

La pobreza fue considerada en otros tiempos como un estado definitivo y como una «prueba de Dios»; rebelarse contra ella era una inspiración infernal…

Alguien no dudó en afirmar que la pertenencia a determinadas razas o determinadas clases sociales entrañaba una calidad inferior del individuo «no dotado para situación mejor por razones naturales».

El ADN de aquellos «iluminados» tenemos que admitir que se transmitió hasta nuestros días, haciendo honor a apellidos, entronados por su capacidad de acumulación y sostenidos por capitales que no se gastan en una vida, siguen poseyendo los medios de producción y explotando cruelmente al resto de sus semejantes.

Las religiones, mostrando su complicidad con el Capital, reparten su droga neutralizadora de ideologías con fundamentos científicos que promuevan Igualdad y desbanques de poderes fácticos, en pos de liberarlos de sus oraciones, arrepentimiento, servilismo y necesidad de volcar responsabilidades en entes superiores, por imposibles que sean, bajo el consolador lema de «los últimos serán los primeros».

Hubo un tiempo en que la pobreza pareció desaparecida, bajo lo que se denominó «estado de bienestar» aunque, en realidad, la acumulación se llevaba a cabo con limitaciones estatales,

«… todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; …»

(Hermes Trimegistro)

convirtiendo a las naciones en ricas o pobres, estando presente la herencia colonialista a través de una explotación denominada Neocolonialismo y clasificando a los estados en grupos llamados «tercer mundo» o «primer mundo» y vetando la expansión de capitales multinacionales o transnacionales, para resguardar los mercados nacionales.

El efecto de esa acumulación y la desigualdad creada fue un imparable movimiento migratorio que desbordo de mano de obra el mundo capitalista, con esa sociedad extremadamente consumista como reclamo, significada en la publicidad más luminosa.

Llego un momento en que la política mercantil de romper los mercados con precios por debajo del precio de producción, montando fábricas bajo el paraguas de los gobiernos del «tercer mundo» significó costes demasiado grandes, para lo que hacía falta un tiempo muy superior al que empleaba la mano de obra barata para establecerse en el mercado laboral de los países del «primer mundo». Por ello, era más fácil crear un dumpin social, legislando en beneficio de la patronal y robándole derechos adquiridos a la Clase Trabajadora, que quedaría indefensa y desprotegida legalmente ante la vorágine Capitalista, que llevar a cabo cierres y nuevas aperturas, traslados y reubicaciones.

Para ello, la libertad de mercados alcanzó cuotas inigualables históricamente, confirmándose el clímax del capitalismo, con poderes supra-estatales y una globalización de los productos, donde no se incluyó  la mano de obra: las personas.

Esto ha producido otro efecto imprevisible, encendiéndose la mitad de las importantes ciudades del planeta en protestas populares que, al fin y al cabo, lo que hacen es enfrentarse al imperio del capital y sus vasallos, que sólo saben combatir el fuego con más fuego, activando su aparato represivo contra su propio Pueblo, polarizando así más cada rebelión.

Los estados se autoabastecían con las cargas impositivas establecidas para su propia ciudadanía. Desde la exposición neoliberal o capitalista, esta carga no era proporcional para quienes poseían los medios de producción que, en continua alianza con la banca y poderes financieros transnacionales, explotaban a la Clase Trabajadora al tiempo que se aprovechaban de su poder de consumo.

En un desesperado intento de «refundar» el Capitalismo, los poderes financieros y los gobiernos títeres, han llevado a cabo una fuerte ofensiva creando una crisis mundial sin precedentes que, al final, no ha pasado apenas del «mundo occidental» o de aquel brillante «primer mundo» donde precisamente se sostienen los tronos del Capitalismo. Posiblemente ha sido suficiente para crear ese dumping social que ha abaratado lo necesario la mano de obra; aunque simultáneamente acabó con el producto que vendieron bajo la denominación de «estado del bienestar» y, en definitiva, fue la acción equivalente a «refundar la pobreza» en el «primer mundo», pues la caída del consumo puso en su sitio a muchos trabajadores aburguesados, camuflados tras la denominación de «pequeños empresarios».

El problema fue que la nueva propuesta de acumulación que hacían los poderes financieros transnacionales, acabarían con gran parte de esa clase feudal, ahora conocida como burguesía y eso se traduce en menos puestos de trabajo, pues disminuye la demanda de la fuerza de producción y la calidad en el trabajo, ante una demanda de empleo que no cubre las necesidades sociales reales. Como efecto tenemos más paro que nunca; menos población aportando capital impositivo a los estados; mayor dependencia de éstos a los poderes financieros transnacionales; y, en definitiva, asentamiento del Capitalismo globalizador en los poderes políticos, al tiempo de un notable empobrecimiento de la población.

Ante tal agresión, la Clase trabajadora se alza y se rebela a lo largo del planeta. Haciendo muestra de su desorganización y debilidad, ante la oleada capitalista que no duda en reemplazar cada mandatario que derriba un Pueblo por otro peor. No duda en manipular cada movimiento social o popular para anularlo o asimilarlo dentro de su propuesta, con promesas capitalistas y de resurrecciones de estados consumistas, vacíos de valores, pero llenos de «necesidades cubiertas».

 

Pedro González Cánovas

Miembro de Alternativa Nacionalista Canaria

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