Los agujeros del cine español

De la Iglesia y SindeSoberbio para unos y consecuente para otros, el director de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España -Álex de la Iglesia-, ha sido el protagonista de la semana en lo que se refiere al panorama nacional del séptimo arte.

Que cine y política son dos ámbitos tristemente conectados en este país, todos lo sabíamos. Y que nadar contracorriente es asumir riesgos, también lo sabíamos todos. Todos menos Álex de la Iglesia.

La polémica Ley Sinde, motor generador de malestar entre cibernautas, autores y páginas webs, ha salpicado también el mundo de la cinematografía española.

La propuesta del PSOE ha superado los límites de la legalidad para poner a políticos, artistas y ciudadanos ante un dilema moral con un claro trasfondo económico. Como en la mayoría de los casos, el tema de la protección de los derechos de autor y de la propiedad intelectual de esos materiales que circulan libremente por la Red, no tiene mayor trascendencia.

En su posición de director de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España – cargo que ocupa desde que fuera elegido en 2009 como sustituto de Ángeles González-Sinde, la ahora ministra de Cultura-, Álex de la Iglesia se aventuró a participar como “mediador” entre el Gobierno y los agentes sociales en el polémico proceso de aprobación de la Ley Sinde. Pero le salió mal la jugada. El director de la Academia había reconocido que se descargaba películas de Internet, pero apostó por el diálogo para llegar a una conclusión consensuada acerca de lo que Sinde se proponía conseguir, y le cayó encima el peso de las opiniones de todos los que no estaban dispuestos a participar en ese diálogo.

“Es cómodo hablar con los que te siguen la corriente: te reafirmas en tus ideas, te sientes parte de un grupo, protegido, frente al resto de locos que se equivocan. Por vez primera, aprendí que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, sobre todo si eres soberbio, como yo. Pero cuando aprendes a encajar, la cosa fluye, y las ideas entran. En este país cambiar de opinión es el mayor de los pecados”. Con estas palabras Álex de la Iglesia hacía pública su intención de abandonar la dirección de la Academia después de los Goya. Entonces su decisión era una renuncia en toda regla o, más bien, contra la regla.

Pero como ya aventuraba el director de cine, “en este país, cambiar de opinión es el mayor de los pecados”, por eso De la Iglesia, que se mantendrá en su cargo hasta que se preparen unas nuevas elecciones, ha recibido un aluvión de críticas tanto de sus compañeros del ámbito cinematográfico como por parte de los defensores y detractores de la Ley Sinde, que únicamente parecen ponerse de acuerdo a la hora de “condenar” la voluntad personal en un país en el que, al parecer, es malo tener iniciativa.

Por todo ello, durante esta semana muchos han hablado de dimisión y otros han hablado de “rendición”. “No voy a dejar de discutir, pero francamente, prefiero hacerlo como director, que como presidente. Lo coherente es dejarlo. Acabaré lo que he empezado, eso sí, no quiero decepcionar a los compañeros de profesión, y prometo no empañar la ceremonia con este asunto”, declaraba De la Iglesia en su carta titulada Aprender a encajar, con la que anunciaba su salida de la dirección de la Academia. Su salida de una institución cuyo objetivo prioritario debería ser promover el progreso artístico y cultural del país, en lugar de autopromover y autosubvencionar producciones mediocres al amparo del Gobierno, sea cual sea su corte político.

 

Celina Ranz Santana

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