Lo más real de la realeza

El discurso del ReyLa última película de Tom Hooper, El discurso del rey, aborda con cierta ironía el contraste entre los conflictos internos y externos de un monarca tartamudo que como rey ha de enfrentarse a la incertidumbre de toda una nación desde sus inseguridades como persona.

Es una de las películas favoritas en los Globos de Oro, para los que ya cuenta con siete candidaturas: mejor película dramática, director, música original, guión, actor protagonista y actor y actriz secundarios. Estas candidaturas vaticinan una presencia más que destacada en la próxima edición de los Oscar y confirman que se trata de una propuesta muy atractiva tanto en contenido como en forma. Pero con o sin nominaciones, El discurso del rey es una película cuyo sentido va más allá de lo que puede premiar un galardón cinematográfico.

La monarquía se presenta como una institución obsoleta ya desde la época en la que está ambientada la película, los años previos al estallido de la II Guerra Mundial. El propio personaje de Jorge V declara que no son sólo la realeza británica, sino una ‘empresa’ y que, como tal, es necesario que el negocio pase de generación en generación. Estas afirmaciones tan reveladoras son la tónica de una película de diálogos brillantes, de esos que hacen que al espectador se le remuevan las entrañas y salga de la sala con la satisfacción de haber hecho una gran inversión con el dinero de la entrada.

El discurso del rey, es más que una película de ambientación histórica en torno a la figura del padre de la actual reina de Inglaterra y sus dificultades a la hora de hablar en público. Y esto se debe a que el director ha utilizado la tartamudez de Jorge VI (Colin Firth) sólo como un pretexto para hablar de cuestiones más profundas y más cercanas a la condición de ser humano que a la de monarca. La coronación no es más que el agravante de una situación previa en la que la presión de la tradición y de la familia han provocado en el protagonista una enorme inseguridad que lo incapacita a hablar en público.

Tratar la tartamudez de Jorge VI -príncipe Alberto, antes de la coronación- no es tanto una cuestión de logopedia como de psicología. Así lo demuestra el carismático personajes de Lionel Logue, (Geoffrey Rush) que empatiza de manera excepcional con el espectador y lo convierte en un súbdito más a la espera de que el protagonista cumpla con su papel de monarca sin olvidar lo más humano del personaje. Son esos contrastes entre la parafernalia de la realeza y la simplicidad de los temores inherentes al ser humano, los que realzan la calidad interpretativa de los personajes y el alcance del mensaje que Tom Hooper quiere transmitir en esta película.

También desde el punto de vista formal el director nos sitúa en el centro de los temores del príncipe Alberto con impresionantes planos de gran angular en los que el mundo se deforma y se derrite por los bordes como en una auténtica pesadilla. Y cuando el monarca se enfrenta finalmente al discurso más importante de su vida, la película ha alcanzado una tensión máxima tanto en forma como en sentido. Será el espectador el que decida si sigue viendo sólo a un rey frente a un micrófono dirigiéndose a sus súbditos o si se trata de un hombre frente al espejo enfrentándose a sí mismo.

Celina Ranz Santana

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