Lo más absurdo de la muerte

La muerte es tan irremediable como la propia vida. Y a algunos este momento les llega de la manera más ridícula e inesperada. Aquí van unos cuantos ejemplos de las ‘curiosas’ circunstancias en las que murieron algunos personajes célebres de la Historia.

 

Infecciones y enfermedades

El director de orquesta Jean-Babtiste Lully se caracterizaba por el ímpetu con el que marcaba el ritmo a sus músicos. Golpeaba el suelo con el bastón con tal furia que, en una ocasión, en lugar de golpear el suelo se golpeo el pie y se hizo una herida. Ésta se infectó y el Lully murió como consecuencia de la gangrena.

Sir Francis Bacon tenía curiosidad por saber si, tal como había oído decir, el hielo retrasaba la descomposición de los cadáveres. Así que un noche de invierno salió a la calle para enterrar un pollo en la nieve. Hacía tanto frío que Bacon enfermó y terminó muriendo de neumonía.

El astrónomo danés Tycho Brahe siempre había tenido problemas urinarios y cada cierto tiempo padecía de cistitis, algo que por aquella época se trataba con mercurio. Durante una cena, y por respeto al resto de comensales, prefirió no levantarse para ir al servicio. Y lo cierto es que no volvería a levantarse más durante dos meses, porque la infección y los dolores lo dejaron postrado en una cama. Se cree que pudo morir por estos problemas o tal vez por la intoxicación con la medicación que utilizaba para tratarlos.

No podía abrir la caja fuerte porque no recordaba la combinación. El famoso destilador Jack Daniel arremetió con furia contra la caja fuerte en la que guardaba su dinero. La violenta patada le lastimó el pie y murió de una infección en el dedo gordo.

 

Por la boca muere el pez

El físico y filósofo francés Julien Offray de la Mettrie murió de indigestión: de una sola sentada se comió, él solo, un enorme pastel de paté de faisán con trufas.

Un borrachera descomunal. Eso es lo que, al parecer, habría llevado a Atila a la tumba. En su noche de boda el legendario caudillo de los hunos estaba tan embriagado por el alcohol que no se percató de que sangraba sin parar por la nariz. Murió esa misma noche, ahogado en su propia sangre.

Adolfo Federico de Suecia comió hasta morir. Durante una cena, a la edad de 61 años, el monarca comió compulsivamente -algo que le encantaba- y el atracón le provocó graves problemas digestivos de los que no pudo recuperarse.

 

Accidentes

Gaudí falleció a los 74 años de edad, atropellado por un tranvía en la ciudad de Barcelona. Lo más trágico del asunto es que, con la velocidad tan limitada de los tranvías de la época, morir arrollado solo podía ser producto de un despiste.

El afamado escritor norteamericano Tennessee Williams intentaba abrir un bote de pastillas con la boca cuando el tapón saltó con fuerza y se le atravesó en la garganta. Murió asfixiado.

Isadora Duncan, una de la grandes bailarinas de la Historia y propulsora de la danza moderna, sabía moverse con elegancia por el escenario. Esa misma elegancia la acompañaba allá donde iba, en su forma de comportarse y en su vestimenta. Ataviada con una magnífica bufanda, subió a un radiante Amilcar en la ciudad francesa de Niza. Durante el trayecto, su bufanda se enredó en una de las ruedas del automóvil y la estranguló.

Según lo que el Oráculo había vaticinado, Esquilo habría de morir aplastado por una casa. No fue exactamente así, pero las adivinaciones no fueron del todo erróneas: el gran dramaturgo griego murió después de que un caparazón de tortuga le golpeara la cabeza. Un quebrantahuesos lo había soltado desde el aire mientras Esquilo huía de la ciudad, temeroso de que una casa se le viniera encima.

 

 

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