Lecciones de política

Iba siendo hora de que sucediera algo distinto en la política española para ver el verdadero calado de algunos de los miembros del gobierno.

A tan altas horas de la película, cuando ya parecía que el debate parlamentario había perdido la verdadera identidad de sus palabras, Andrea Fabra nos ha dado una lección rigurosa de lo que debe ser una ideología política, esa que ya no se estila en los cenáculos del congreso, acostumbrados a conversaciones edulcoradas y palmaditas en la espalda. La frase ¡que se jodan! de la diputada de Castellón (paraíso del lenguaje hereditario) ha provocado que toda la cortina de humo del gobierno de Mariano Rajoy se haya evaporado, abriendo la veda a aquellas “verdades como puños” que los políticos ignorantes solían guardar en su interior, y que solo en momentos encolerizados soltaban. El ¡Por qué no te callas! del rey, o el ¡manda huevos! del viperino Federico Trillo aparecían sin trampa ni cartón, sin ninguna aduana que controlara los insultos, ninguna frontera que los detuviera antes de enseñar los colmillos desde la otra bancada del congreso. Así debería ser la política, un fiel reflejo de las ideas de los que gobiernan.

Podríamos secundar la propuesta de la hija de Carlos Fabra, por ejemplo, hasta conseguir que Cayo Lara increpara a Esperanza Aguirre por ser una señorona déspota vomitiva, que José Manuel Soria criticara a los de izquierdas como unos progres con apariencia de tercermundistas, o que Rosa Díez insultara a los nacionalistas llamándoles ombliguistas oportunistas, y que estos le respondieran que ella es una chaquetera ególatra. El suceso de la hija del hombre con más suerte y más denuncias del PP europeo, ha dado en el clavo. Es hora de que salgan los verdugos del armario y no los asesores fiscales, de que los destructores del estado del bienestar y no los políticos del ajuste, lo griten a los cuatro vientos. Es hora de que los programas electorales sean realmente una serie de insultos, tales como: a mí la gente me importa un carajo; que se mueran los viejos; o el mejor: intentaremos que la gente sea idiota, no vaya a ser que se cabreen. Yo apoyo el cambio, quizás así empiece a cambiar el juego democrático.

 

 

Octavio Pineda

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