Las primeras murgas 100% tinerfeñas

Murga Do-Re-MiAlberto Cartagena

El impacto causado por los marineros del buque “Laya” fue grande en la capital chicharrera. Inmediatamente después de su paso, surgen las primeras murgas en los distintos barrios de la capital. Sus componentes pertenecían a las clases más modestas de las zonas humildes: Los Llanos, El Cabo, Valleseco…

Al contrario que otros grupos como las rondallas o las estudiantinas, los murgueros lucían trajes muy sencillos. Salvo contadas excepciones, la materia prima era un saco, al que se practicaban aberturas para los brazos y la cabeza, y que se adornaba con botones y solapas de cartón forrado de tela y una corbata grande y colorida. En muchas ocasiones, los sacos se cortaban para darle la forma de un frac que, además, era oscurecido convenientemente con productos que, por culpa del sudor, acababan tiñendo la piel, de tal manera que los murgueros tardaban días en quitárselos. Una flor de papel y un bombín completaban el atuendo. A modo de maquillaje, se generalizó el estilo que habían empleado los chirigoteros del “Laya”, es decir, bigotón, patillas y perilla pintados con un tapón de corcho ahumado.

Las primeras y más recordadas murgas de la época fueron la del “Flaco” y la del “Chucho”. La primera de ellas marcó un estilo que acabó siendo imitado por las restantes y las segunda es la única agrupación que participó en tres periodos tan distintos como el Carnaval anterior a la Guerra Civil, el prohibido en la post-guerra y el autorizado como Fiestas de Invierno. A su sombra surgieron muchas más, tanto adultas como infantiles, como la del “Manco” , la del “Carándula” o la del “Chino”. Poco a poco, fueron adquiriendo un estilo propio, alejado de la “madre chirigota” con el que divertían al público con sus letras de contenido “verde”, críticas políticas y temas en los que hablaban sobre personas conocidas de aquel Sta. Cruz. Se atrevían con todo: la ley del divorcio de la España Republicana, la llegada de los primeros aviones a Tenerife, la construcción de la Refinería e, incluso, la quema de conventos en la Península. La calle era su escenario y levantaban verdaderas pasiones entre el público.

Sin embargo, pese a su éxito popular, la prensa y las clases “bienpensantes” de la época no las miraban con buenos ojos. Se acusaba a estos grupos de vulgares, gritones y soeces y es fácil encontrar referencias de este tipo en la prensa de la época. Por ejemplo, en 1929 el diario El Progreso comenta: “debe bañarse a las murgas y muchas máscaras, y prohibirse a éstas la pasión de enronquecer gritando sin ton ni son en la vía pública, con grave exposición de nuestros tímpanos”. Por el contrario, se alababa el Carnaval “culto”, el de los bailes de sociedades y los concursos de rondallas y disfraces. Afortunadamente, con el paso de los años, la prensa se dio cuenta de que despreciar o intentar suprimir el Carnaval de la calle era, además de un gran error, una misión imposible.

Al cambio de tendencia contribuyó de forma notable el espíritu rebelde e irreductible que, desde sus orígenes, han tenido las murgas. El mejor ejemplo nos lo ofrece la decisiva intervención de estos grupos en el “amotinamiento” de los santacruceros cuando, en 1930, en plena dictadura del Primo de Rivera, desafiaron la prohibición nacional que imperaba sobre la fiesta y se echaron a la calle, arrastrando tras de sí a muchos ciudadanos. El periódico La Tarde lo reflejó así: “Ayer fue un día de broma para Santa Cruz. Ser martes de Carnaval y no ver Carnaval por ningún lado era lógicamente algo a lo que no podía resignarse la gente. Sobre todo ésa, hecha de antaño a la jarana […] Fue un curioso espectáculo: A las doce, a pleno sol, las calles se hallaban casi desiertas. A la una y a las dos, todo seguía exactamente igual. A las tres, lo mismo. Un pesar latente en la gente y el mismo olvido deliberado de la fiesta en todas las caras y en todas las ventanas de la población… Las cuatro, las cuatro y media. Y todo cambió. El vientecillo de la tarde nos trajo el revuelo de las primeras faldas carnavaleras… Las tiendas bajaron sus puertas. Las esquinas se cubrieron de espectadores. Los balcones se festonearon de mujeres… Y surgió, de nuevo, la murga clásica del “Flaco”, que ya tiene casi un aire de indiscutible institución… Horas después, Santa Cruz era un agradable y estridente hervidero de color”. La prensa, por fin, se rendía a la evidencia y calificaba de “institución” a la mítica murga del “Flaco”.

 

 

 

Alberto Cartagena

 

 

 

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