Las inquietantes muertes en la familia Martínez del Águila

VenenoLos cuatro hijos pequeños murieron envenenados por su propia hermana.

Hasta su realojo en un edificio de la capital Murciana, los Martínez del Águila vivían en un barrio de chabolas del extrarradio y sobrevivían como podían en trabajos de la construcción. Eran una familia humilde, obrera y numerosa: el matrimonio formado por Antonia Pérez y Andrés Martínez, y sus diez hijos, de edades comprendidas entre los 16 y los nueve meses -así como otro hijo que esperaba Antonia-.

La historia negra de esta familia comenzó el 4 de diciembre de 1965, cuando la más pequeña de la familia, María del Carmen, fallece en extrañas circunstancias. Con todo, los médicos determinaron que la niña había muerto de meningitis, algo bastante común. Sin embargo, cuando cinco días después falleció su hermano Mariano -el segundo más pequeño-, la situación comenzó a resultar extraña. En esta ocasión, los médicos también concluyeron en que se trataba de otro fallecimiento por meningitis. Pero cinco días más tarde, muere el siguiente hermano más pequeño -cuatro años de edad- Fuensanta, y los vecinos comienzan a sospechar que algo extraño sucede en el domicilio de los Martínez del Águila.

Los médicos también empiezan a dudar de que las muertes hayan sido producto de la meningitis y se decide someter a una serie de pruebas médicas a toda la familia para determinar las causas del fallecimiento: ¿un virus? ¿algún tipo de intolerancia? ¿una enfermedad hereditaria que solo afecta a los miembros más pequeños de la familia? La necesidad de encontrar una respuesta cobra fuerza cuando el 4 de enero de 1966 fallece el cuarto hermano, Andrés, de 5 años de edad.

Un análisis toxicológico de las vísceras de Andrés y Fuensanta revela la presencia de veneno en sus cuerpos. Ésa había sido la causa de la muerte. Ahora bien, ¿quién los había envenenado? Los padres fueron los principales sospechosos: Andrés Martínez fue detenido e internado en un Centro Psiquiátrico y su esposa, en estado avanzado de gestación, fue retenida en un centro hospitalario hasta que se esclarecieran los hechos. Los niños se quedaron con el padre y las niñas con la madre, aunque todos eran libres de salir a la calle cuando les apeteciera.

Se cree que ésta fue también una estrategia para determinar qué es lo que sucedía en esa familia y que, desde el comienzo, las autoridades ya tenían sospechas en otros de sus miembros. Concretamente en Piedad, pues era ésta la que cuidaba de sus hermanos pequeños ya que su madre estaba embarazada y no podía hacerse cargo de ellos. La propia niña, al ser interrogada, acusó a su madre de obligarla a envenenar a los pequeños con una mezcla de cianuro potásico y cloro que les administró en la leche y acabó con sus vidas de manera fulminante -en apenas media hora-.

Pero al parecer, Piedad, de 12 años de edad, había actuado sola, tal vez agobiada por tener que dedicar su infancia a cuidar de cuatro niños pequeños. La niña fue internada en el Centro de las Oblatas de Murcia y sus padres fueron puestos en libertad.

 


El Ilustrador

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