Las figuras de Acámbaro

Figurita de Acámbaro¿Convivieron los hombres y lo dinosaurios?

Aunque la historia de la Arqueología está plagada de falsificaciones y de intentos por demostrar hipótesis personales que no se ajustan al paradigma científico y mucho menos a la realidad, existen algunos ejemplos, cuanto menos curiosos, que exigen plantearse si no es a veces la comunidad científica la que se opone a teorías verosímiles e incluso parcialmente demostrables. Uno de estos ejemplos es el hallazgo de las piedras de Acámbaro en México, que tiene características tanto para dudar sobre su autenticidad como para defender todo lo contrario.

El comerciante de origen alemán Waldemar Julsrud paseaba a caballo por la zanja de una colina de la ciudad de Acámbaro -a unos 300 kilómetros de la capital mexicana- cuando descubrió que del suelo sobresalía un objeto de cerámica que, una vez desenterrado por su ayudante, le llamó mucho la atención. Se trataba de una figura de terracota, con un estilo y unas formas que nunca antes había visto.

Sorprendido por el hallazgo, le dijo a su ayudante que le pagaría un peso por cada una de las figuras que desenterrara, y prestó especial atención para que éste no intentara falsificarlas, algo por otro lado complicado, ya que en 1944 la madera era muy cara en México y para la fabricación de las estatuillas se necesitaban temperaturas muy altas, ya que los objetos se habían realizado con la denominada técnica de ‘fuego abierto’.

Parece ser que el ayudante ni siquiera habría tenido tiempo de falsificar las figuras, ya que al día siguiente el ayudante de Julsrud se presentó con una carretilla repleta de estos particulares objetos que, según parece, fueron encontrados en grupos de unas 30 figuras enterrados en pozos que en ocasiones alcanzaban casi dos metros de profundidad. Durante el tiempo que duraron las excavaciones se localizaron más de 33.000 objetos de estas características, una cifra inadmisible para la comunidad científica.

Otro de los aspectos polémicos del asunto es que todas las estatuillas eran únicas, con características particulares y, sobre todo, que muchas de ellas representaban animales muy similares a lo que actualmente identificamos como dinosaurios, unos seres que no fueron descubiertos por la ciencia hasta hace apenas unos siglos. Este argumento fue básico para que los arqueólogos rechazaran desde el principio el descubrimiento de Julsrud y lo tacharan de fraude.

La posibilidad de que hombres y dinosaurios hubieran convivido en una misma época fue desestimada por la comunidad científica, a pesar de que muy pocos expertos accedieron a la petición de Julsrud para que estudiaran sus piezas en profundidad. Éste mantuvo la esperanza hasta el final de sus días y nunca quiso hacer negocio con las estatuillas, a las que dio siempre el tratamiento de un importante hallazgo de patrimonio histórico.

Pero la verdadera sorpresa se produciría a finales de la década de los 60 y gracias a la intervención del profesor de Historia y Antropología Charles Hapgood, que tras verificar el emplazamiento en el que habían sido localizadas las estatuillas, se interesó por su origen y decidió tomar muestras para someterlas a pruebas de Carbono 14 y Termoluminiscencia. El resultado fue contundente: las muestras de las tres estatuillas analizadas fechaban su origen en el 1640, 1110 y 4530 antes de Cristo.

Con todo, el hallazgo no pareció sorprender a la comunidad científica, que se mantuvo firme en su opinión de que la convivencia entre humanos y dinosaurios nunca se produjo. Pero el hallazgo de Julsrud -¿fue real o se falsificaron las pruebas?- despertó ciertas dudas entre los más escépticos.

 

 

 

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