Las ejecuciones hipotecarias y los temidos desahucios

Luis Pérez Sánchez

La mayoría de los mortales que estamos hipotecados solo tenemos que echar la vista unos años atrás para recordar que cuando nos dirigimos a la entidad bancaria para pedir un préstamos, ya fuera por nuestra cuenta o a través de un mediador, sea “freelance” o una inmobiliaria, nadie nos cerró las puertas.

Por regla general, nuestro objetivo primordial era buscar financiación a toda costa, sin importar la cuota que iríamos a pagar, el tipo de interés, ni el banco que nos financiara, por eso todos nos querían.

La ilusión por tener nuestra propia casa nos superaba y obviábamos ese destino incierto que nos acompañaría hasta pasada la jubilación y que se llama HIPOTECA, matrimonio que se hace eterno y del que solo podremos disfrutar de su liberación cuando deje de ser del banco, bien porque hayamos terminado de pagarla o porque deje de ser nuestra y del banco cuando la vendas, o del banco porque te la quite; de modo que te quedas compuesto y sin novia, pero una novia que te seguirá recriminando lo que le debes hasta que la liquides totalmente.

Cuántas veces habías oído o dicho eso de: “no me lo explicaron cuando fui a firmar”, formulas matemáticas para hallar la cuota de amortización, sistema francés, cálculo de intereses lleno de galimatías, que de hecho ni siquiera los empleados de las entidades saben describir con un mínimo de coherencia (I/P * (2 + i/p)/ 4 + 3/P). Pero bueno, el fin justifica los medios, si lo firmamos en una notaría no van a engañarnos y, sobre todo, ya tengo la casa de mis sueños.

Se tuvo en cuenta a la hora de darnos el préstamo la capacidad de endeudamiento o techo financiero, de modo que la cuota que pagamos inicialmente no podría superar el 40% de los ingresos, para, sorpresivamente, y el segundo año, de 500 euros que pagábamos fácilmente, dispararse a 900, que ya no podíamos pagar (seguro que entonces el banco no le pidió a nadie que se la devolviera). Negociamos con el banco una moratoria de un año en la que es peor el remedio que la enfermedad porque al segundo año pagamos lo que nos habían perdonado, más la subida del Euribor (circunstancia eximente que alega la entidad bancaria para manifestarnos que el incremento del préstamo no es a consecuencia del diferencial que nos impusieron) y si no hemos corrido la misma suerte, refinanciamos la deuda, ampliando la hipoteca y alargando este vínculo, que ahora si es para toda la vida.

Tasaciones infladas a consecuencia de la especulación inmobiliaria, valoraciones a doquier a gusto del producto, estériles en el momento actual porque la casa que compramos en 150.000 euros valorada en 200.000, ahora solo vale 70.000, ¡vaya marrón! Vamos a pagar por lo que compramos, que ya dejó de ser una vivienda para convertirse en un crédito hipotecario cuando entramos en esa espiral de morosidad en la que el banco que antaño nos ofrecía todo tipo de productos en el momento de formalizarla, ahora hace oídos sordos a que nos hemos quedado sin trabajo, que no nos pagan puntualmente para que nos condonen los intereses, y, cuando no podemos más, preferimos irnos de alquiler y que nos admitan una “dación en pago” o vulgarmente “que nos la recojan”.

Que fácil era entregar la casa hace unos años porque nos volvíamos al pueblo. Y si éramos un poco espabilados, con la sobrevaloración del inmueble, aún podíamos comprarnos un coche, amueblar la casa del pueblo y pagar la ortodoncia a nuestra hija.

De ese modo, las entidades han ido agolpando propiedades que ahora no pueden vender, pasando de ser banca a inmobiliaria, o mejor dicho, los dos en uno y con créditos personalizados para cada vivienda.

Tal y como dice la escritura del crédito hipotecario (documento notarial que solo leemos cuando tenemos problemas para llevarlo a cumplimiento): en caso de impago (normalmente a la tercera o cuarta cuota) se ejecutará la hipoteca. Durante todo ese tiempo nos hemos rebanado los sesos sobre cómo ponernos al día, hablando solo con el director de la sucursal que no nos da crédito porque estamos en el registro de morosos y para decirnos un día que ya pasó al departamento jurídico; momento en que comienza el silencio y la temida espera.

Posteriormente, entra en nuestra  casa como una apisonadora la “Ley Hipotecaria” en forma de ejecución, en la que poco tendremos que alegar. Nos reclaman la totalidad de lo que nos resta por pagar de la hipoteca más unos intereses y costas que vemos desproporcionados, de modo que, si queremos recuperar la casa antes de que la subasten, nos tenemos que poner al día con todas las cuotas que se vayan devengando desde su impago ¿de dónde sacamos el dinero? Pues, obviamente, de ningún sitio porque nadie nos da “chance”. Nos rendimos  y el banco se adjudica la casa por un valor irrisorio, pero la diferencia entre lo que se la adjudicaron, un 60% del valor de tasación (según lo que dispone el artículo 671 de la Ley de enjuiciamiento Civil) y el resto, nos lo podrán reclamar perpetuamente. Sin casa y con deudas de por vida.

Como muchos que, obviamente, no tienen donde vivir y visto el desamparo de todas estas familias, nos quedamos en la casa hasta la espera de los temidos y cotidianos desahucios, los cuales algunos se paralizan, pero solo para un ínfimo porcentaje de la población que mucho dista de nuestras circunstancias y de los más cercanos que no cumplen tales requisitos. Es loable la actuación de algunos ayuntamientos que amenazan con retirar el dinero de los bancos si se llevan a cabo los mismos, porque en definitiva, lo que tienen ellos vale más de lo que debemos nosotros.

 

 

 

Luis Álvaro Pérez Sánchez

Abogado

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