‘Las chicas de la sexta planta’

Las chicas de la sexta plantaMujeres en la despensa del mundo.

Dentro de todas las historias negativas que se podrían contar de los españoles que emigraron a Francia durante el franquismo, Las chicas de la sexta planta elige la más amable y la menos desgarradora.

Un grupo de mujeres vive, como el propio nombre de la película indica, en la sexta planta del edificio en el que además trabajan de criadas para familias francesas aburguesadas. En cierto modo, son como la ‘despensa’ del mundo: un espacio en el que encajan como mejor pueden no solo sus escasas pertenencias sino sus sueños, sus fracasos y la añoranza de su tierra.

Aunque repleta de clichés y con un argumento un tanto previsible, la propuesta de Philippe Le Guay –De un día para otro– está narrada desde la sencillez de esas historias hechas para llegar a la parte sensible del espectador, la que no se plantea si los personajes son demasiado planos o si solo se sustentan en tópicos. Desde esta perspectiva, la película no se disfruta igual, porque es el espectador el que debe despojarse de esos prejuicios  para, simplemente, dejarse llevar por un argumento que, sin necesidad de darle demasiadas vueltas, resulta ‘agradable’.  La complicidad entre el grupo de mujeres -Natalia Verbeke, Carmen Maura, Lola Dueñas, Berta Ojea, Nuria Solé y Concha Galán- es contagiosa y sus penas y alegrías extrapolables a cualquier momento fuera de esos oscuros años de posguerra española.

Las mujeres de la sexta planta habla de una añoranza teñida de optimismo y de ilusión porque, de todo lo malo siempre subyace la esperanza de que llegarán tiempos mejores, algo que, en los días que corren, a todos nos hace falta creer.

 

 

Celina Ranz Santana

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