Las almas clavadas de Deza

DezaLos clavos fueron símbolos de inmutabilidad y fijeza utilizados como ajuar funerario ya desde la época de fenicios y etruscos. En el pueblo soriano de Deza, sin embargo, estos clavos se utilizaron para perforar y atravesar los cadáveres.

Cuando el arqueólogo Blas Taracena Aguirre, director del Museo Numantino, escavó en 1933 el ‘Cerro de los judíos’, en la localidad soriana de Deza. En este lugar se habían practicado enterramientos entre los siglos XII y XIII con una misteriosa particularidad: de sus 57 sepulturas, en más de una treintena aparecían esqueletos atravesados por clavos en varias partes de su cuerpo. La Guerra Civil española hizo que la necrópolis no fuera estudiada en su totalidad, y el tiempo y el olvido hicieron que el misterio de estos cuerpos nunca se resolviera.

Todas las tumbas descubiertas por Taracena estaban orientadas al norte, un hecho destacado si se tiene en cuenta que en la tradición judía el Mal viene del norte. También destaca el hecho de que los cadáveres fueran manipulados, algo prohibido en los textos sagrados del judaísmo. Sin embargo, los clavos fueron colocados aprovechando la rigidez de la carne ya sin vida de estos cuerpos, para colocarlos así en puntos muy específicos, generalmente articulaciones, de lo que se ha deducido que probablemente los vecinos judíos de Deza querían impedir que sus muertos regresaran a la vida clavando sus almas en la tierra.

No existe realmente ningún ritual en la tradición hebrea relacionado con los clavos, pero los enterramientos de Deza dan a entender que probablemente la práctica de esas perforaciones en los cadáveres orientados hacia lo desconocido tuvieran su origen en el miedo de los vecinos, acaso en la superstición de que aquellos cadáveres se convirtieran en muertos vivientes.

 

 

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