‘La vida secreta de Walter Mitty’

'La vida secreta de Walter Mitty'A pesar de ser un buen comienzo, Ben Stiller pierde el ritmo como director.

La historia de Walter Mitty es especial, y atrapa desde el primer momento porque este personaje que pasa inadvertido incluso como protagonista de su propia vida logra, en el fondo, lo que todos desearíamos hacer.

Walter Mitty tiene en su interior la ‘llama’ del héroe, el ‘fueguito’ del que habla Eduardo Galeano, el que se contagia cuando te tocan y se va propagando por el Universo para que seamos capaces de hacer cosas sorprendentes. Un día, la llama arde, y hay que estar preparados para mantenerla encendida porque de ella depende nuestra felicidad.

Cuando Walter Mitty decide convertir una misteriosa fotografía en el principal objetivo de su existencia, descubre que solo cuando encuentras algo que verdaderamente te apasiona, te intriga o te hace despertar del aburrimiento, es cuando empiezas a ser.

La revista para la que trabaja está a punto de cerrar su edición impresa, y muchos de sus empleados van a ser despedidos. En mitad de este clima de incertidumbre, Mitty recibe un envío de negativos de fotografía entre los que se encuentra la que será la última portada de la edición impresa de la revista. Sin embargo, el negativo no aparece junto con el resto y la necesidad de encontrarlo se convierte en una obsesión que llevará al protagonista a recorrer los lugares más recónditos del planeta hasta encontrar lo que busca: a sí mismo.

Con La vida secreta de Walter Mitty, el espectador realiza un viaje existencial repleto de optimismo, fantasía y esperanza. Pero es una lástima que el exceso de retórica en ocasiones empañe un argumento que, a pesar de zarandear el espíritu para que despierte del sueño y se lance a la vida, tiende a provocar cierto aburrimiento en algunas escenas que se prolongan demasiado. Esa falta de ritmo hace que la impresión final de la película –primer largometraje dirigido por Ben Stiller, Noche en el museo-, no sea todo lo satisfactoria que uno se podría imaginar con tal despliegue de medios y de originalidad en la adaptación cinematográfica de un relato de James Thurber que también fue llevado al cine en 1947 por Norman Z. McLeod.

 

 

Celina Ranz Santana

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