La vida de Pi

La vida de Pi

Hay momentos en los que necesitamos creer en algo.

Tardó en publicarse y tardó en llegar a las pantallas de los cines. Y es que La vida de Pi no es una historia sencilla. A pesar de que las dos horas de metraje se pasan volando, lo cierto es que la adaptación que hace Ang Lee sobre la novela de Yann Martel es intensa, repleta de simbolismo y de significado.

La vida de Pi es una sucesión de imágenes que convierte al espectador en un funambulista haciendo equilibrios sobre la cuerda que une lo real y lo imaginario. Al final de la película uno se cuestiona la veracidad de la fascinante historia de este muchacho que pasó varios meses en el mar con la única compañía de un tigre. Pero, en realidad, dar una respuesta a esa pregunta no tiene especial relevancia.

Se trata de una historia que abarca la fe desde muchas perspectivas: la fe religiosa, la fe en el ser humano, la fe en el destino, la fe en uno mismo… Y desde todas ellas, el mensaje es el mismo: conservar la esperanza es lo único que puede mantenernos con vida cuando todo está por perdido. No importa tanto que esa esperanza la hallamos depositado en un dios, en una ilusión o en algo real. Porque la fortaleza del espíritu no nace del objeto en sí en el que hemos depositado esa esperanza, sino lo que nosotros proyectamos sobre él cuando decidimos creer en algo.

Desde luego, la vida del joven Piscine Molitor Patel podría ser narrada, como el propio protagonista reconoce, desde muchas de estas perspectivas. Pero él elige una de entre todas las versiones posibles. Una que “Nos hará creer en Dios” en el concepto más amplio de la palabra.

La historia es fascinante por sí sola, pero Lee y su equipo hacen un impresionante trabajo para que en la puesta en escena no se pierda nada de esa magia. El universo onírico de esta película nos regala imágenes que juegan siempre al límite entre lo humano y lo divino, que extraen con sutileza la parte fantástica del mundo en que vivimos.

Es por eso que, ante todo, hace falta cierta predisposición para dejarse conducir hacia las profundidades de una fe sin barreras que, si tal vez no nos hace creer en Dios, en algo nos hará creer, seguro.

 

Celina Ranz Santana

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