La vida como McGuffin

El OrigenMcGuffin. El término se lo inventó Hitchcock y venía a designar la excusa que le permitía enganchar al espectador por el trayecto de una película, se trataba de un objeto, de un elemento que acaparara su atención. Pero no era más que una herramienta para hablar de otras cosas.

Es algo así como lo que practican los magos en sus trucos: desvían nuestra atención hacia un punto determinado para que lo importante ocurra por otro. Sin embargo, a diferencia con los trucos de magia, en las películas el lugar adonde se dirige nuestra atención debiera no hacernos olvidar el “lugar” donde está ocurriendo lo importante, sino más bien ayudarnos a entenderlo mejor. Me explico: en Encadenados (Notorious), el McGuffin era toda aquella trama alrededor del uranio que convierte a la historia en uno de esos thriller activos y tan cinematográficos que tan bien rodaba el británico. Pero Hitchcock lo que quería (dicho por él) era contar una historia de amor. El uranio no era más que una excusa, un McGuffin.

Y todo esto nos lleva a Origen (Inception), la última película de Christopher Nolan. Porque, o bien estoy tratando de justificar mi gran torpeza para seguir con claridad la trama propuesta, o por el contrario nos encontramos ante un enorme McGuffin. La tarea ahora consiste en desentrañar qué es lo que realmente se nos quiere contar con esta complejísima trama que navega entre la realidad más aparente y el mundo de los sueños. Siguiendo la teoría mcguffiniana lo primero que se me ocurre es que, al igual que en Encadenados, lo importante aquí sería la historia de amor del protagonista, encarnado por ese milagro –a veces- llamado Leonardo di Caprio. Sin embargo, creo que esa sería una conclusión bastante superficial. Como en la trama de la película, en la que nos introducen en sueños dentro de otros sueños, me parece que para llegar a la verdadera naturaleza de la misma, para encontrar el tesoro escondido se hace necesario escarbar un poco más.

Es posible que no sea necesario hacer un ejercicio de tan excesiva racionalidad para lograr entender el “mensaje” (odio este término aplicado al cine, pero a falta de uno mejor…) de la historia, puede que simplemente baste con asistir a la proyección con ánimo abierto, con el espíritu desprejuiciado para que la información vital nos llegue por otra vía que no sea la meramente racional y consciente. Esto, además, parece tener cierto sentido en este caso, tratándose del mundo de los sueños. Al fin y al cabo, cada uno tiene los suyos. Pero puede también que esto que estoy diciendo no sea más que una excusa para escurrir el bulto. O puede que sea imposible saber de qué nos está hablando cualquier obra de arte porque descubrirlo nos cegaría. Puede que la vida no sea más que un enorme McGuffin, no sé si me explico.

Sin necesidad de escarbar tanto, creo que Origen es una película claramente irregular y esto quizás se deba a que es muchas películas en una. Tenemos la historia que vagamente puede recordarnos a Solaris, de Tarkovski, en aquello de que la realidad no es más que una sombra (por lo tanto nos conduce también al mito de la caverna de Platón). Tenemos la película de acción que posiblemente sea el área más débil de todo su metraje y que da la impresión de estar pensada para atrapar al target de público que nutre las taquillas hoy en día. Tenemos también la película de ciencia ficción, o sea, la trama que parece constituir el McGuffin y que creo que por momentos resulta de lo más inverosímil y a veces hasta ridícula cuando los personajes se dedican  a explicar de forma científica como funcionan los mecanismos de nuestra mente inconsciente. Vista doblada, además, resulta doblemente ridícula. La película además se presta a la irregularidad dado su, en mi opinión, excesivo metraje. Si hubieran utilizado la técnica del colador, filtrando lo accesorio, el resultado final habría sido más enriquecedor.

A pesar de la versión doblada que tuve el infortunio de presenciar, esta es una de esas películas que hay que ver en el cine y no dejarse llevar por las tentaciones de megaupload, porque es en pantalla grande donde podemos percibir mejor la magnitud de ese espectáculo visual del que está salpicada la película y que constituye, sin duda, uno de sus grandes valores. La creación de esos efectos visuales es tan deslumbrante que puede que toda la película no sea sino una excusa para desarrollar ese universo plástico.

Creo que se ha metido una idea en mi mente: puede que este mundo no sea más que un McGuffin (una idea trascendente si no fuera porque el término “McGuffin” parece sacado de un sketch de los Monty Phyton). En fin.

Alberto García

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