La serpiente de Lambton

El pasado, tarde o temprano, reclama justicia.

Aquella mañana, el joven John Lampton prefirió ir de pesca en lugar de asistir al oficio religioso del Domingo de Resurrección. Lampton era el heredero de un extenso linaje de acaudalados señores y tenía mejores cosas que hacer con su juventud que pasar las horas en la iglesia. Así que cogió sus aparejos de pesca y se fue al río.

Pero no fue una jornada normal. Después de varias horas sin éxito y después de maldecir reiteradamente su mala suerte, algo muy grande había picado en el anzuelo de Lampton. Tras luchar unos minutos con el animal, el joven consiguió sacarlo del agua y se quedó sorprendido con lo que acababa de pescar: una enorme serpiente con cabeza de dragón y cara de demonio. En la mirada de aquella alimaña, Lampton pudo ver cómo todos sus pecados danzaban y todo el mal que había hecho durante su juventud se arremolinaba en forma de sombras en torno a aquellas pupilas.

Horrorizado ante aquella imagen, arrojó a la serpiente a un pozo cercano y creyó que de aquella manera se había deshecho de ella para siempre. Además, consciente de que hasta entonces no había sido la mejor persona, intentó resarcirse de todos sus pecados y purgar su joven alma, por lo que decidió abandonar su castillo cercano al pueblo de Washington e iniciar su peregrinaje hacia Tierra Santa.

Pero durante su ausencia, la serpiente se hizo cada vez más grande y consiguió salir del pozo. El enorme monstruo se trasladó hasta unas montañas cercanas y unos aldeanos que habían descubierto el extraño rastro que había dejado, decidieron seguirlo hasta ver qué encontraban. Lo que hallaron fue un horripilante animal furioso y hambriento, capaz de acabar con todo lo que se encontraba a su alrededor exhalando una especie de humo tóxico que no dudó en utilizar para someter a todo el pueblo.

Los aldeanos intentaron calmar la ira de la serpiente ofreciéndole todas las mañanas un abrevadero lleno de leche fresca. Pero en cuanto faltaba la leche, la serpiente volvía a arremeter contra los aldeanos, que no tenían más remedio que recluirse en sus casas para escapar del ataque. Varias veces intentaron acabar con la serpiente utilizando hachas y espadas, pero los pedazos del reptil volvían a unirse después de ser cercenados, y ésta arremetía otra vez con sus agresores, cada vez con más violencia.

Un buen día Lampton regresó de su peregrinaje y se dio cuenta de lo que había provocado. El pueblo de Washington estaba sometido a la furia de aquel monstruo y la responsabilidad de la situación era toda suya. Así que decidió enfrentarse personalmente a la serpiente, en aquel mismo río en el que se habían visto por primera vez. Buscó consejo en una hechicera para averiguar de qué manera podía dar muerte al animal y ésta le recomendó una armadura de filos cortantes y púas. Pero la lucha no sería suficiente. Si lograba acabar con la serpiente, acto seguido tendría que matar al primer ser vivo con el que se cruzara en su camino, para romper así el maleficio. Ataviado con su armadura especial, Lampton empuñó su arma y se encontró con la serpiente. La batalla fue ardua, pero el joven, diestro en el uso de las armas, consiguió asestar varios tajos a la alimaña reduciéndola a pedazos. Los trozos de la serpiente se perdieron río abajo sin que la corriente del agua les diera tiempo a volver a unirse.

Pero faltaba cumplir con la segunda condición: matar al primer ser vivo con el que se cruzara. Tan mala suerte tuvo Lampton que justo después de acabar con la serpiente se topó con su propio padre. Incapaz de darle muerte a su progenitor, Lampton optó por sacrificar al fiel perro que lo acompañaba, creyendo que de esta manera protegería la seguridad de su linaje. Pero no fue suficiente: durante nueve años, toda la descendencia de los Lampton sufrió un trágico final.

 

 

El Ilustrador

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