La red social

La red socialVer una película de David Fincher resulta un poco como ver cine clásico, de buena factura, hecho con gusto, cine de oficio que no pretende crear un nuevo lenguaje, un cine que te acoge y que no te hace sentir estúpido. Cine clásico aunque hable, como es el caso, del último gran invento de internet.

Probablemente no habría ido a ver La red social si no la hubiera dirigido este gran director de oficio que es David Fincher. Pero cuando uno ha subido a las más altas cotas del placer cinéfilo con películas como Seven, El club de la lucha o The Game, no puede evitar la tentación de pagar una entrada para al menos averiguar si hay un orgasmo cinematográfico esperándole en la sala.

Y no habría ido a verla por lo que seguramente muchos como yo pensaban de este nuevo artefacto fílmico: que rodar una historia tan reciente como la del creador de este también reciente invento llamado facebook al que casi todos nos hemos agregado no puede sino tener un objetivo claro de pura comercialidad y parece a priori un producto más propio de una TV movie por el morbillo inherente a contar una biografía llena de pleitos millonarios, de aparentes deslealtades y moralidades sospechosas.

Sin embargo, es una película estupenda. Rodada con gracia y buen gusto, interesantemente escrita por el prestigioso guionista Aaron Sorkin, que ha sabido esquivar las tentaciones amarillistas creando un guión que deja cierto espacio para la ambigüedad y las lecturas particulares y dejándonos un hermoso y sugerente final eminentemente cinematográfico y sospecho que acertadamente ficticio, con unos actores que están perfectamente en su lugar, exactos, alejados de histrionismos gratuitos (qué descubrimiento ha sido para mí Justin Timberlake como intérprete).

La película parte de una premisa interesante y a su vez, paradójica: sin querer en modo alguno enaltecer ni degradar la red social facebook, al fin y al cabo esta red es un invento humano y como todos los inventos internáuticos todos dotados de polémica, llámense programas de descarga de películas y música, en definitiva son como la vida misma. Se nutren de ella. Los inventamos y los utilizamos las personas que venimos cargadas con nuestros deseos y pautas culturales, así que no existe ni probablemente existirá un invento tecnológico que no haga otra cosa que ahondar en nuestra propia identidad como especie pensante y deseosa de placeres. Es decir, sobre la mesa está el debate de si la tecnología de alguna manera está deshumanizándonos, modificando aquellos patrones que nos identifican como seres humanos sociales, sin embargo basta echar un vistazo para darse cuenta de que todos estos inventos tecnológicos tratan de satisfacer nuestros deseos que sólo pertenecen a nuestra especie y que nos identifican como tales. Si a uno le venden un politono de Shakira para el móvil, podemos discutir la dignidad de dicho producto por ser un invento que forma parte del capitalismo salvaje que sólo trata de sacarnos los cuartos. Eso es cierto. Pero la base de tal fenómeno politónico es que el que se lo baja en principio lo que quiere es escuchar música. Escuchar música. Ver películas. Hablar con otros por medio del chat. Expresarnos. La tecnología no ha diseñado un nuevo ser humano, sólo le ha dado nuevas herramientas. Sobre el diseño de éstas, sobre su uso o sobre la intencionalidad de las mismas con objeto de manipulación consumista podemos discutir todo lo que queramos pero lo cierto es que aún no se ha concebido producto alguno cuya naturaleza no pueda ser argumentada por medio de parámetros claramente humanos. Y con eso como con todo. Echemos un vistazo a nuestro alrededor y nos encontraremos con elementos de gran sofisticación elaborados por materiales que nunca encontraremos en la más cruda naturaleza. De dónde salen todas esas aleaciones y materiales sintéticos que nos rodean, los chips, la energía, el misterioso funcionamiento de nuestros ordenadores. Nada ha venido de otro planeta. Nada. Así que todo ello proviene de los bosques, del subsuelo, de la atmósfera. Todo estaba ya aquí pero ha sido transformado.

La red social dibuja a un tipo que no es más que un ser humano cualquiera, moralmente discutible, sí, pero -y hablo sólo del personaje ficticio pues no tengo el gusto de conocer la verdadera historia del inspirador del mismo- la fuente de todo este invento, el pistoletazo de salida de este foro mundial no fue otro –repito, en la ficción- que un desengaño amoroso. Siempre nos nutrimos de la vida.

 

 

 

Alberto García

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