La quema de libros, una mala costumbre

Porque denigra la calidad humana de quien prende las primeras astillas y de quien ordena la incineración de obras adversas a sus creencias o intereses.

Con el riesgo añadido, así lo confirma la Historia, de que se empieza quemando papeles y se continúa con la pira para presuntas brujas recién  y con herejes a la parrilla: odiados enemigos, reos culpables, así sentenciados inquisitorial  e inapelablemente.

No parece que, con el transcurso de los siglos, haya cambiado demasiado esta salvajada. A poco que analicemos informaciones actuales, declaraciones  y testimonios sobre  polémicas relacionadas con la destrucción o no de símbolos, expresiones creativas, obras con cierta entidad artística… se comprueba cómo afloran resentimientos que inducen a la destrucción en nombre de los propios ideales, tan cuestionables o más que los que se pretende incinerar.

Con todo respeto a la memoria de la Historia  (no es lo mismo que “memoria histórica”), siempre será preferible el artificio de cambiar la placa de una calle porque “ahora mando yo y no me gusta el nombre del titular homenajeado”, antes que prender fuego los domicilios afectados.

Conviene justificar estas elucubraciones con hechos palpables y concretos, para dilucidar dónde están el uso de razón y el sentido común.

Un ejemplo: El monumento de Juan de Ávalos en Santa Cruz de Tenerife,  al final de la Rambla. Conjunto monumental, paradigma de la corriente figurativa, obra del insigne escultor, considerado  número uno en la España del S. XX.  Una alegoría abstracta que supuestamente homenajea a Franco. Por lo tanto, el artista era un facha. El monumento está  abandonado y su futuro inmediato es la demolición.

Dos cuestiones: Una.- Juan de Ávalos fue depurado en 1942  por el antiguo régimen ¡por rojo! (afiliado al PSOE, carné nº 7 de Mérida) y exiliado en Portugal. Pero como era el mejor escultor del momento, se le fichó para que esculpiera el Valle de los Caídos. Lo que constituyó un baldón para su prestigio ideológico, que no artístico, por lo muy propensos que somos a colgar medallas. No fue óbice para que sus obras jalonaran gran parte de la geografía española.

Santa Cruz fue una de las ciudades afortunadas e incrementó su patrimonio cultural con la preciosa obra antes aludida. No se entendería que el maravilloso mausoleo de Los Amantes de Teruel, obra del mismo autor, hubiera que romperlo a martillazos porque el susodicho fuese cliente del Dictador.

Otra.- Por tratarse de un simbolismo etéreo e indefinido, lo más sencillo, inteligente y ajustado a los intereses ciudadanos sería cambiar el nombre de la alegoría, como la placa de cualquier calle, y titularla  con alguna alusión épica a la gloria guanche (o personalizar una antropomorfia  del chicharro como  símbolo toponímico) para rescatar así una obra de arte, patrimonio cultural de la ciudad, y librarnos de la vergüenza de que algún iluminado, desaprensivo y analfabeto suponga  que su destrucción le reportaría algún rédito electoralista.

Desde la Asociación, pedimos disculpas a quien, o quienes, pudieran sentirse aludidos  por el realismo de esta descripción. Pero el escarmiento de comprobar de cerca el vergonzoso trato institucional que se da a nuestro patrimonio, Bienes de Interés Cultural abandonados, con amenazas de demolición y una lamentable gestión política,  nos induce a concienciar a la opinión  ciudadana de que la sociedad civil es la única capacitada para resolver nuestros propios problemas. Para defendernos, es imprescindible no dejarnos engañar con falacias ni permitir fechorías inquisitoriales.

 

 

Ana Mendoza

Presidenta de la Asociación “Por la rehabilitación del Parque Cultural Viera y Clavijo”

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